sábado, 17 de agosto de 2013

Cáceres herido

Cáceres herido en la Cruz Roja

Texto tomado de las Memorias de Andrés Cáceres:

"Consumada la derrota y desvanecida toda esperanza de reha­cer la resistencia, herido, tomé el camino de la capital.

Después de Miraflores

Solo y acosado por fuertes dolores de la herida, seguí por el camino que conduce a Lima. En el trayecto encontré al comandante Zamudio, quien me alcanzó un poco de agua en su quepis y me vendó la pierna con un pañuelo.

Por el camino pasaban atropelladamente los dispersos. Detrás de mí quedaban el exterminio y la desolación. Chorrillos y pueblos vecinos aún ardían; el campo cubierto de cadáveres y heridos pisoteados por el vencedor.

Impotente y colérico, caminaba soportando en el corazón todo el peso de las desgracias de la patria y un tumulto de ideas y sentimientos agitaban mi espíritu, que en medio de todo no se resignaba a la derrota.

La gran cantidad de dispersos que abandonaba el campo me sugirió la idea de que aún se podía improvisar con ellos un ejército, trasladándonos a la sierra, para continuar allí la resistencia al invasor.

Animado con esta idea, apuré el paso a mi caballo y llegué a la plaza de la Exposición, a eso de las siete de la noche. Aquí fui reconocido por los soldados dispersos, quienes agrupáronse en mi alrededor, pidiendo a gritos que me pusiera a su cabeza para proseguir la lucha.

Este rasgo de patriotismo me hizo comprender que, a pesar de las desgracias sufridas, no se había quebrantado del todo el espíritu de las tropas y que aún era posible formar un nuevo ejército y operar con él en la región del centro de la república. Les hice ver mi herida, y manifesté que en tales condiciones no me era posible por el momento, ponerme al frente de ellos; pero les recomendé que se unieras, y reorganizaran a órdenes de los principales jefes que se hallaban en Palacio, quienes tomarían el mando.

En esos momentos se me acercó el capitán La Barrera, y se puso a mis órdenes, ofreciéndoseme como ayudante. Le envié inmediatamente a palacio para informar en mi nombre a los coroneles Suárez y Secada de lo que ocurría en la Exposición y manifestara la necesidad y conveniencia de reunir esos dispersos para improvisar un nuevo ejército, así como designar un jefe que se encargase de esa labor, y de conducirlos al interior, pues yo no podía hacerlo por estar herido.

Para impedir que estas tropas se internasen en la ciudad ordené a La Barrera que, antes de marcharse, cerrase todas las bocacalles de la plaza con los soldados de caballería que tenía a su disposición.
Anheloso esperaba la vuelta de La Barrera. Pero a su regreso díjome que en palacio habían juzgado irrisorio mi proyecto y le ordenaron decirme que todo estaba completamente perdido y que mandara a los dispersos para que entregasen sus armas y fueran licenciados.

Hacia la ambulancia de la Cruz Roja

Decepcionado ante tal respuesta, me dirigí en busca de una ambulancia de la Cruz Roja. Llegue casi exánime a la improvisada en la calle de San Carlos. Me bajaron del caballo e inmediatamente lleváronme a una cama. El médico dispúsose enseguida a hacerme la primera cura, para lo cual hubo necesidad de cortar la bota, la que se había adherido a la pierna con la sangre coagulada. Lavóme la herida y púsome una venda.

En la noche de ese mismo día se me presentó el capitán José Miguel Pérez, oficial muy estimado por mí y que combatió en el batallón Concepción, al mando del coronel Valladares. Dicho capitán, al saber que yo estaba herido, comenzó a buscarme por todas las ambulancias, hasta que me encontró en la de San Carlos y me ofreció y prestó luego sus valiosos servicios.

Obsesionado siempre con la idea de reunir a los dispersos, no obstante el mal resultado que obtuvo mi anterior emisario, insistí en ella y mandé al capitán Pérez a palacio para que reiterara a los coroneles Secada, Suárez y demás jefes, mi proyecto de formar por lo menos un cuerpo de ejército, y decirles que aún era tiempo para aprovechar el entusiasmo de ese considerable número de soldados, llevándolos a Chosica, hacia donde se podía trasladar también el parque almacenado en el cuartel de Santa Catalina, utilizando el ferrocarril que estaba todavía a nuestra entera disposición. Dichos jefes volvieron a mandar decirme que todo era inútil, que ya habían licenciado a los soldados, recogiendo las armas, y que el dictador habíase marchado por Canta hacia el interior, ordenando antes al comandante general del ejército de reserva disolver sus tropas.

Así pues, perdióse el tiempo precioso que mediaba entre la derrota y la entrada de los chilenos en Lima (dos días), en vez de aprovecharlo para trasladar todo el parque y las tropas que se hallaban con ánimo de seguir peleando, hacia el interior, levantar allí un nuevo ejército y organizar luego la resistencia armada.

Lamentando todo lo ocurrido y la desgracia de que no hubiera hombres de suficiente tino y entereza para afrontar una situación como la que ofrecía el país, pasé la noche preocupado con la idea de organizar el ejército de la sierra y con el pesar de haber perdido a mis ayudantes, valientes jóvenes llenos de esperanza.

El capitán Pérez se trasladó a la ambulancia de San Pedro para comunicar a mis ayudantes, que se encontraban heridos en ese puesto, que yo me hallaba en la de San Carlos. Poco después me llevaron a la ambulancia de San Pedro, donde el doctor Belisario Sosa se encargó de mi curación, encontrando también allí a mis ayudantes Augusto Bedoya y Joaquín Castellanos, quienes alegráronse al verme, manifestando el deseo que tenían de restablecerse cuanto antes para continuar a mis órdenes.

Los chilenos me buscan en  las ambulancias

Una vez que entraron los chilenos en Lima, el día 17, buscáronme en todas las ambulancias. Al tocar en la de San Pedro, el personal del servicio negó mi estancia en ella, temeroso de que me hicieran prisionero. Al día siguiente, volvieron dos jefes, después de haba recorrido los demás puestos de auxilio, y casi seguros de que yo me encontraba en el de San Pedro, se dirigieron al jefe de la ambulancia diciéndole que el objeto suyo era “saludarme en nombre en nombre del general Baquedano y ofrecerme toda clase de garantías”.

El jefe y personal de la ambulancia agradecieron muy atentos estas corteses palabras, invitándoles a pasar a la sala donde estaban los demás heridos, haciéndoles ver de este modo que no me ocultaban y diciéndoles que seguramente me encontraba en alguna casa particular. Los jefes chilenos, satisfechos de las atenciones recibidas, se retiraron. Pero, entre tanto, se me había ocultado en la celda del superior de los jesuitas.

Desde esta visita tuve necesidad de tomar mayores precauciones, y seguí curándome, oculto en la celda del padre superior, a cuya bondad y celo debí no haber sido prisionero del enemigo. Y no obstante que las autoridades chilenas de ocupación habían ordenado que todos los jefes y oficiales que se encontrasen en la capital debían dar las señas de su domicilios, yo no las di.

Temiendo que los chilenos persistiesen en su empeño de buscarme, se me trasladó al domicilio de don Gregorio Real, en la calle del Quemado, donde residía también el ministro del Brasil y se ostentaba en el balcón la bandera de dicho país. Allí fui solicitamente atendido por la familia del señor Real, y permanecí hasta que mejoró notablemente mi herida.

Después se me trasladó ocultamente a mi casa, sita en la calle de San Ildefonso, adonde acudía casi diariamente mi amigo el doctor Sosa. A esta diligente atención médica uníanse los cuidados de mi esposa, señora Antonia Moreno; todo lo cual apresuró mi restablecimiento, y luego apresté mi viaje a la sierra del centro".
*****************
Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Arturo Mustango dijo...

Existe un proyecto para hacer la película con gran presupuesto y contratando a norteamericanos pero la burocracia y la falta de valentía priman en este pais. (Norteamericanos porque ellos garantizan una gran producción)

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