jueves, 8 de agosto de 2013

anécdotas en Lima

Del Diario de Campaña, de Alberto del Solar, encontramos el siguiente texto:

"Ya en Tacna, donde, como en toda ciudad de provincia, nos fue más fácil hallar acceso a algunos salones, me había llamado la atención la soltura y facilidad de palabra, que es don especial de casi todos los que han nacido en países tropicales y, sobre todo, la rapidez de concepción para armarse siempre, en un segundo, de alguna contestación picante y oportuna. Esas imaginaciones espontáneas, como las de los colombianos, son más raras entre nosotros y hacen siempre ameno y brillante el trato de quienes tienen la fortuna de poseerlas. 

Las limeñas, en especial, se distinguen, según opinión general, por esta cualidad que se hace notar hasta en la clase baja. 

Como prueba, y repitiendo previamente aquello de: 


«Y si, lector, dijeres ser comento,

Como me lo contaron te lo cuento...»

Citaré dos ejemplos que he oído narrar a más compañeros, quienes responden de su autenticidad. 

Dos o tres días después de la ocupación, pasaba a caballo por las calles de Lima un sargento de artillería, largirucho y seco y un tanto estropeado por las fatigas de la campaña. Esto no impedía, sin embargo, que el animal que montaba fuera uno de esos briosos tordos que tanto llamaron la atención por lo lozanos y bien mantenidos cuando desfilaron por la calle de Mercaderes, en presencia de una multitud de extranjeros y de nacionales. 

Muy cerca, cruzando en dirección opuesta, y contorneándose como una manola, una zamba limeña, de esas de «cintillo enfrente», jetonas y panzudas, pero en medio de todo garbosas y zafadas, llevaba en la cabeza, a modo de adorno, una rosa blanca de dimensiones colosales, fresca y olorosa y digna por tanto de mejor suerte. 

No hay una sola de estas mujeres que, con todo y ser morena como aceituna, no haya servido de blanco a las bromas chocarreras de los ocupantes, en especial de los soldados, que no perdían ocasión de decirles al pasar alguna fresca o lisura, como ellas las llaman. 

Esta vez le tocaba, pues, a nuestro sargento, que echándolas de chistoso, la apostrofó de la manera siguiente: 

-¡Hola, hola, comadre! ¿Sabe que lleva allí una flor que no es muy a propósito para disimularle el color?... 

-Pues, y usted -le replicó sin desconcertarse y en impromptu rápido la interpelada-, ¿sabe que no monta usted una bestia muy a propósito para disimularle la facha?... 

En otra ocasión (cuentan las crónicas de que soy portavoz) un oficial, que atravesaba apresurado y distraído uno de los portales más frecuentados, se topó con una muchacha de las llamadas de medio pelo, dándose ambos, al pasar, un encontrón de padre y señor mío. 

Esta vez, con mucha más razón, le tocaba al joven compatriota deshacerse en disculpas. 

-No hay de qué, tocayo -fue la respuesta que obtuvo. 

-¿Tocayo? ¿tocayo había dicho? 

Pues la cosa era para intrigar a cualquiera. 

-Señorita, dispense usted -agregó volviéndose-, pero me parece que me ha llamado usted tocayo. ¿Conocería usted por ventura, mi nombre?... 

-No, señor; pero como yo me llamo Bárbara... suponía que... ¡ya lo comprenderá usted! 

Y siguió muy oronda su camino....
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Fotografía de la colección de Christian Arce

Saludos
Jonatan Saona

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