viernes, 16 de noviembre de 2012

E Sotomayor sobre Dolores


Campamento de Dolores, Noviembre 23 de 1879.

Señor General en Jefe:
El 18 del presente, por una avanzada de Cazadores a caballo, mandada por el capitán don Manuel R. Barahona, tuve noticia de que el ejército aliado se presentaba en Agua Santa a la caída de la tarde. Acto continuo lo puse en conocimiento de V. S. por un telegrama dirigido a Hospicio, desde donde se sirvió ordenarme conservara las posiciones que teníamos. 
Para dar cumplimiento a esta resolución, reconcentré todas las fuerzas que había mandado a Jazpampa por disposiciones de V. S., para evitar, si era posible, la junción de tropas bolivianas salidas de Arica; pues partidas de caballería que desde el 17 se habían presentado por Tana, Corsa y Tiliviche, nos lo hacían presumir así. Reunidos los regimientos 3º de línea, batallón Coquimbo, 4º de línea, batallón Atacama y dos baterías de artillería de montaña, dispuse que todo el ejército bajo mis órdenes en aquel momento, tomara las alturas de la Encañada y Dolores, que rodean por el Sur y Occidente a este campamento, en cuya dirección, se me comunicó por las avanzadas, marchaba el ejército contrario.


Mi primer pensamiento fue ir a Santa Catalina para dar en este lugar la batalla; más, por el conocimiento perfecto de que su marcha la verificaban los aliados tras de esta oficina y por cumplir las órdenes de V. S., como asimismo aceptando indicaciones importantes del teniente coronel don José Francisco Vergara, quien había explorado todo el terreno circunvecino a Dolores, ordené al comandante del cuerpo de ingenieros, teniente coronel don Arístides Martínez, reconociera dichas alturas para fijar la colocación que las tropas debían tomar. Practicado el reconocimiento respectivo, la línea de defensa se estableció del modo siguiente: una batería de artillería de campaña, sistema Krupp, dirigida particularmente por el teniente coronel, comandante de esta arma, don José Velásquez, en la colina próxima a la línea férrea que hoy le sirve de campamento; en la pendiente oriental del cerro de la Encañada, una batería de artillería de montaña, bajo las órdenes del sargento mayor don Benjamín Montoya.

El 3º de línea, en número de 700 hombres, protegía a estas dos baterías, como asimismo la izquierda de nuestra línea, bajo la dirección de su comandante don Ricardo Castro. En la altura, una división compuesta del regimiento 4º de línea, batallones Atacama y Coquimbo, y una batería de ocho piezas de montaña, bajo la dirección del sargento mayor de la misma arma, don José de la Cruz Salvo.

Se confió el mando al señor coronel don Domingo Amunátegui con la denominación de división del centro. Quebrada por medio y formando nuestra derecha, se colocó, las órdenes del señor coronel don Martiniano Urriola, la primera división compuesta del regimiento Buin, batallón Naval, batallón Valparaíso y dos baterías de artillería, una de campaña y otra de montaña, mandadas, la primera por el capitán don Eulogio Villarreal y la segunda por el de igual clase don Roberto Wood. La caballería compuesta del regimiento de Cazadores y una compañía de Granaderos, se colocó a retaguardia de la primera división, en la parte baja y plana que forma la cañada, entre los cerros del Sur y Norte de este campamento.
Trescientos hombres del 3º de línea y parte del cuerpo de Pontoneros, quedaron en la estación del ferrocarril para defenderla en caso de ser atacada.

Colocadas las tropas en el orden indicado, esperamos la presencia del enemigo, que a la salida del sol se presentó a nuestra, vista marchando en diversas columnas hasta llegar al cantón de San Francisco, en donde se hallan las oficinas salitreras de Saca si Puedes, Porvenir y San Francisco, y su cuartel general lo estableció en Porvenir, donde colocaron parte de su artillería.
Permanecimos a la vista hasta las 3 P. M., a cuya, hora, y diez minutos más o menos, se inició la batalla por un tiro de cañón disparado por la batería del mayor Salvo, siguiendo la infantería de la división Amunátegui para contrarrestar a diversas guerrillas que se desprendían de la línea enemiga con la intención, al parecer, de forzar nuestra izquierda, la cual soportó durante dos horas y media toda la fuerza del ataque, muy particularmente la batería mandada por el señor Salvo, que por dos veces consecutivas, subiendo la altura, fue asaltada por tropas de infantería de los batallones peruanos Puno, Ayacucho, números 8º y 5º, y tres o cuatro cuerpos más, que los artilleros, con un valor y tranquilidad a toda prueba, rechazaron enérgicamente apoyados por el batallón Ataca¬ma, que le cupo en suerte estar más próximo, cuya tropa y oficiales han dado pruebas de su abnegación y patriotis-mo, sacrificándose delante de los cañones para defenderlos a fuego y bayoneta, y en cuyo lugar cayó el mayor número de muertos que tiene dicho batallón, como así mismo donde sucumbieron bastantes enemigos Rechazado el segundo ataque por los fuegos mortíferos de nuestra infantería y certeros disparos de nuestra artillería de toda la línea, principalmente la de la izquierda, se introdujo el terror entre el enemigo, según pudimos notarlo por el desorden que se veía en las filas de los aliados.

A las 5:30 P. M. cesó casi por completo el fuego, como V. S. pudo notarlo a su llegada a nuestro campo. Por esta causa ordené al 4º de línea descendiera de la altura, apoyado por el regimiento Buin, batallón Naval y Coquimbo, cuyos cuerpos avanzaron hasta cerca del Porvenir, desde cuya oficina se hacían algunos disparos de cañón y fusilería. Por nuestra izquierda ordené marchar adelante al batallón Bulnes, que llegó en los últimos mo¬mentos de Jazpampa, apoyándolo el 3º de línea. Llega¬da la noche, por no tener conocimiento exacto del número de enemigos que permanecían en Porvenir y Saca si Pue-des, protegiendo su retirada, nuestras tropas volvieron a tomar sus posiciones, en donde permanecieron toda la no¬che por orden de V. S.

A venir el día 20, según V. S. lo determinó, nos preparábamos a dar el ataque al cuartel general enemigo, cuando, despejada la neblina, notamos que los aliados marchaban en precipitada fuga hacia el Sur. Nuestra caballería salió por nuestra derecha explorando el terreno hasta llegar a la oficina Ángela, haciendo algunos prisioneros que sucesivamente fueron conducidos a este campamento.

Este es, señor general, el resultado de la batalla de la Encañada, que tuvo lugar el 19 del presente, entre nuestras tropas que, en número de 6.000 hombres, batieron a 11.000 aliados, poniéndolos en completa dispersión y fuga durante un combate de dos y media horas, en que solo tomaron parte activa dos mil quinientos hombres próximamente, que componían nuestro centro izquierdo.

Me hago un deber, señor general, en manifestarle que en todos los cuerpos de nuestro ejército, jefes y oficiales rivalizaban en ardor y patriotismo por tomar parte en la batalla y sacrificarse por la patria, pues ningún enfermo que podía marchar dejó de asistir al combate.
Por nuestra parte, lamentamos la pérdida de 5 oficiales muertos y 9 heridos, 52 individuos de tropa muertos, 162 heridos y 3 contusos.

El número de muertos y heridos del enemigo no podemos precisarlo, porque han fugado muchos que han perecido en distintas direcciones; pero los que han quedado en el campo de batalla, ascienden a 110 muertos, más o menos, de éstos 6 oficiales; y heridos que hemos recogido para darles asistencia, son 10 oficiales, entre los que se encuentran el general boliviano don Carlos Villegas, el coronel peruano del batallón Puno, don Rafael Ramírez de Arellano, el comandante del mismo batallón, don Mariano Torres, el sargento mayor don José Flores, teniente del número 5, don Manuel Trinidad Córdova, teniente de Húsares don Manuel Sevilla, id. del número 8, don Eugenio Galindo, capitán del Puno don Simon Medina, teniente 1º boliviano del Illimani, don Agustín Mendieta, capitán del Puno don Domingo Rivero, 78 individuos de tropa, 2 oficiales prisioneros y 85 individuos de tropa, incluso en ellos 11 empleados dependientes del proveedor de los aliados don David Puche.

El enemigo ha dejado en nuestro poder víveres, la mayor parte de su bagaje, doce piezas de artillería de montaña, cuarenta y ocho albardones, cincuenta y tres cajas y cajones con municiones de cañón, gran cantidad de municiones de fusil Remington, Chassepot, Peabody y Winchester; como así mismo capotes, mochilas y otros objeto de que está sembrado el campo entre Dolores y Agua Santa, y que el estado mayor se ocupa de recoger, dando preferencia al armamento del que existe reunido en nuestro parque en número de ciento cinco, y doble cantidad en diversas oficinas.

Me hago un deber en consignar en este parte los nombres de los señores jefes y oficiales que, independientes de los cuerpos del ejército tomaron parte activa en el combate: teniente coronel de guardias nacionales don José Francisco Vergara, secretario general ayudante de campo del señor General en Jefe, teniente coronel don Justiniano Zubiría, capitán don Ramón Dardignac, teniente de guardias nacionales don Manuel Rodríguez Ojeda, sirviéndome estos dos últimos de ayudantes y el capitán don Juan F. Urcullo.

Los oficiales de Estado Mayor que desempeñaron sus funciones a mi lado, impartiendo mis órdenes, son: teniente coronel don Diego Dublé Almeida, capitán graduado de mayor don Bolívar Valdés, y los capitanes don Francisco Pérez, don José Manuel Borgoño y don Emilio Gana: los oficiales de ingenieros, teniente coronel don Arístides Martínez, sargento mayor don Baldomero Dublé Almeida, capitanes don Francisco Javier Zelaya y don Augusto Orrego, desempeñaron varias comisiones importantes durante el combate.

En conclusión, creo del caso comunicar a V. S. que el ejército aliado venía mandado por los generales peruanos señores Buendía y Bustamante, y bolivianos señores Villegas, Villamil y Flores.
Por los partes originales de los señores jefes de divisiones, se impondrá V. S. de las recomendaciones especiales que en ellos se consignan.
E. SOTOMAYOR.
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Saludos
Jonatan Saona

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