martes, 3 de enero de 2012

Parte de Silva

Lima, enero 28 de 1881.
Señor Secretario:

Un tanto restablecido de la profunda impresión que en mi espíritu produjeran los desastres experimentados por nuestras armas en los nefastos días 13 y 15 del corriente, así como la herida que recibiera en la tarde del último, me apresuro a cumplir con el penoso deber (como Jefe que fui de Estado Mayor de los ejércitos hasta esa misma tarde) de elevar al conocimiento de S.E. el Jefe Supremo, por el autorizado órgano de V.S., el parte de los combates librados en las enunciadas fechas, sin embargo de que S.E., bajo cuyo mando directo estuvieron los ejércitos, fue testigo presencial de los memorables y desgraciados sucesos de cuyo relato voy a ocuparme.

Son de tal magnitud y de tanta trascendencia los hechos que deben consignarse en este oficio, que me veo precisado a darle mayor extensión de la que corresponde a un documeto de su género, a fin de dejar establecida la verdad, hasta donde mi propio criterio y los datos que me han sido suministrados por algunos jefes superiores y los dependientes del Estado Mayor lo permiten.

Sensible es a este respecto que los señores jefes que comandaban las distintas fracciones de los ejércitos, no me hayan pasado, a su vez, los respectivos partes.

Antes de entrar en la relación de lo acaecido en esas dos funciones de armas, me será permitido hacer una reseña histórica de todo lo relativo a las medidas dictadas con anticipación a ellas por el Estado Mayor que corría a mi cargo; a la organización dada a los ejércitos; a la formación de la línea de combate, y a las demás circunstancias que contribuyeron a poner de manifiesto las causas determinantes de los sucesos que lamenta la República.

Desde luego, debe hacerse constar que el Estado Mayor General dictó cuantas providencias aconsejaba la previsión para asegurar el triunfo, disponiendo, al efecto, que los señores comandantes en jefe de los diferentes cuerpos del ejército fuesen responsables del frente de los suyos respectivamente, tomando al instante las indispensables medidas de seguridad, esto sin perjuicio de que el Estado Mayor vigilaba la parte exterior de la línea; que para que formasen parapetos que aumentasen la defensa de las naturales posiciones, se les proporcionaría en abundancia sacos vacíos y herramientas; que para el caso de un ataque a las primeras horas de la mañana, se mandó que los cuerpos estuviesen listos para combatir con manta a la cintura y en su lugar de descanso, desde las 4 A.M. todos los días hasta después de reconocido el campo; que calculando lo que acabo de decir, se proporcionaron víveres para un rancho adelantado, con prevención de que concluido de cocinar el segundo de cada día, se procediera a hacer inmediatamente lo mismo con el primero para el siguiente, a fin de que la tropa lo tomase antes de entrar en combate y tuviese más resistencia para la fatiga; que viendo que el contratista de las porta-cápsulas no hacía proporcionadas entregas, se facilitó al soldado el material suficiente para que las hicieran en el campamento; que, a fin de facilitar el movimiento rápido del ejército en todas direcciones, se ocuparon los ingenieros de que podía disponerse, día y noche, en abrir caminos y colocar puentes; que la víspera del siniestro de San Juan se hizo pasar revista de municiones a todos los cuerpos; que juzgando naturalmente que el enemigo intentase forzar el paso por la izquierda, se abrió una zanja en el claro llano comprendido entre la culata de los morros de San Juan, que ocupaba el batallón Ayacucho número 83 y el primero de los de Pamplona y Lurín hacia La Palma y consiguientemente a Miraflores, para lo cual se colocaron también piezas explosivas a retaguardia de las enunciadas posiciones de Pamplona, así como en el portachuelo que desciende de los mismos puntos de Pachacamac y Lurín por el abra del morro de Papa y San Francisco sobre Tebes; que una fuerte columna de la guardia civil, al mando de su comandante el coronel Negrón, a la que debieron agregarse 200 hombres escogidos del Batallón Canta recientemente llegado al campamento, se colocó a derecha e izquierda de este último camino dominando el portachuelo que divide el morro de Papa de las lomas de San Francisco; que los cuerpos se constituyeron en la línea de San Juan tomando por base los dominantes cerros de Chorrillos consultando el menor radio, atendida la fuerza de que contaba el ejército, teniendo siempre presente que los enemigos con sus elementos marítimos intentasen un recio ataque por ese punto, a la vez que otro por la izquierda de San Juan para envolver las posiciones y avanzando por la Palma y Miraflores a amenazar el Callao, y que colocados de tal modo, a más de tener por punto de apoyo las prominencias perpendiculares, pudiesen los fuegos de los unos rebasar el frente de la línea de los otros, a efecto de protegerse mutuamente, y que, a la pérdida de una posición no siguiese la de otra, con cuyo intento fue también que se ordenó, como ya tengo dicho, que cada batallón y toda la artillería formasen, como en efecto formaron, sus parapetos de defensa.

Juzgando naturalmente que el enemigo preparase un ataque a medida que la luna tocaba a su conjunción al amanecer, para aprovechar durante la noche de toda su plenitud y poder poner en movimiento sus fuerzas con regularidad, el 12, después de haber estado con S.E. el Jefe Supremo en Chorrillos, regresé en la tarde a San Juan e hice consignar en el santo las significativas palabras siguientes: "Enemigo-Pretende-Sorpresa".

Más tarde previne, por medio de ayudantes, a los cuerpos de toda la línea que estuviesen listos, y a las 12.50 A.M. se mandó orden por escrito al coronel Dávila para que ocupase las posiciones encomendadas a su cuidado, desplegase sus guerrillas a vanguardia y conservase sus reservas. Idéntica orden había recibido momentos antes el propio coronel Dávila, comunicada por el subjefe, quien se constituyó en el campamento a colocar cuatro piezas de artillería separadas de otro punto. Acto contínuo dispuse que todo el personal del Estado Mayor General se pusiera en movimiento, mandando que la caballería embridase y tomase el puesto que con antelación se le tenía destinado para que con facilidad pudiese efectuar sus maniobras.

Dilatado y hasta enojoso sería que me detuviera en enumerar una a una la multitud de medidas dictadas por el Estado Mayor General, tanto más cuanto que de ellas tiene cabal conocimiento S.E. el Jefe Supremo y V.S. mismo.

Es posible que no todas sus disposiciones hubiesen tenido exacto cumplimiento, sin que tal hecho le fuera imputable, pues siempre se mostró solícito en recomendar su observancia, remediando, según sus facultades, algunas faltas y dando cuenta a la superioridad respectiva de las que por ser de mayor magnitud merecían también mayor castigo.

Sabido es que los cuerpos que componían los ejércitos, eran en su mayor parte de reciente creación. En efecto, el más antiguo no contaba dos años de existencia, habiendo algunos que apenas tenían dos meses, y aún no faltaban ligeras columnas que fueron sólo formadas días antes de las batallas. Procedentes los más de los individuos de tropa de las regiones trasandinas, no estaban en aptitud de comprender, sino después de algún tiempo, los más triviales rudimentos de la táctica, desde que ignoraban el idioma en que debía instruírseles. Sin embargo, el interés y dedicación de los jefes suplieron en gran parte tan graves defectos, sin que por esto pudiera decirse que nuestros soldados estaban expeditos para empeñar tan inmediatamente un combate. Las exigencias de la situación obligaron, no obstante, a aprestarlos para la lucha, infundiendo en su ánimo la mayor confianza y redoblando los ejercicios para adiestrarlos en cuanto fuese posible en las maniobras militares.

Los ejércitos nacionales denominados del Norte y del centro, se hallaban bajo las inmediatas órdenes de sus respectivos comandantes en jefe, señores General de Brigada don Ramón Vargas Machuca y coronel don Juan Nepomuceno Vargas.

Antes de dejar a Lima, fueron subdivididas las fuerzas de infantería de dichos ejércitos en dos fracciones cada una, resultando cuatro cuerpos de ejército numerados de 1º a 4º y mandados respectivamente por los coroneles de ejército don Miguel Iglesias, don Belisario Suárez, don Justo Pastor Dávila y don Andrés Avelino Cáceres. Al darse esta nueva organización a las fuerzas activas de infantería, se dispuso, por una orden general dictada y rubricada por S.E., que el Estado Mayor General se entendiese directamente con los comandantes en jefe de cada cuerpo de ejército, con la prevención de que éstos dieren aviso a los de igual carácter del norte y centro, cuyos cargos se conservaren.

Para completar la indicada nueva organización, se adscribió a cada cuerpo de ejército una brigada de caballería, compuesta de dos escuadrones con una fuerza de menos de 300 hombres cada una. La brigada que fue del ejército del norte, quedó reducida a sólo 100 plazas por consecuencia del contraste que sufrió en su retirada de Cañete.

Se contaba, además, con una brigada de 250 soldados que apenas se organizó en noviembre último.

Aparte de estas brigadas existía el Escuadrón Escolta, que tenía un efectivo de poco más de 150 soldados.

Por lo general, la caballería permaneció en el campamento bajo las órdenes directas del Estado Mayor General que la ocupaba, por consecuencia de la mala calidad de sus caballos, en sólo muy ligeros reconocimientos. La escolta de S.E. hasta la batalla de San Juan, dependió del primer cuerpo del ejército.

Oportuno es advertir, señor Secretario, que, con excepción de la escolta, el resto de la caballería se encontraba mal montada, y aún había un escuadrón pie a tierra; el armamento era también de mala calidad y de diferentes sistemas hasta dos días antes de los hechos de San Juan, en que se le proporcionaron nuevas carabinas cuyo mecanismo no tuvo tiempo de aprender.

Cada división debía estar dotada de una compañía encargada de la administración militar; pero en el ejército del centro sólo llegó a organizarse el cuadro de oficiales.

Igualmente debían formarse en las divisiones compañías de ingenieros adscritas a cada una de ellas. Sin embargo, en el ejército del centro no llegó a arreglarse ni el cuadro de oficiales; y en el del norte se reunieron entre todas las compañías 150 soldados, los cuales no fueron conducidos al Cuartel General.

La artilería transportable, que dependió de un modo directo y hasta que todo el ejército se constituyó en San Juan a fines de diciembre, de la Comandancia General de Armas, que corría a cargo del señor coronel don Joaquín Torrico, sin que hasta entonces nada absolutamente hubiese tenido que hacer con ella el Estado Mayor General, estaba dividida en dos regimientos, uno de artillería a lomo, que comandaba el coronel don Pedro Lafuente, y el otro de artillería rodada, que obedecía al coronel don Exequiel de Piérola.

La fuerza disponible del primer regimiento alcanzaba a más de 800 hombres, y la del último a menos de 400. De advertir es que la gente veterana que existía en ese cuerpo fue extrayéndose por fracciones para los ejércitos del sur; por manera que en la actualidad la mayor parte era bisoña e inadecuada para el servicio de tan importante arma.

Consta a S.E. el Jefe Supremo que mi mayor empeño desde que me confió el puesto de Jefe de Estado Mayor General fue el de establecer en el ejército la moral y disciplina, que se hallaban en mucho relajadas, a consecuencia de distintas causas que no es del caso recordar aquí. A este respecto, el Estado Mayor fue siempre celoso hasta la tenacidad; y si es cierto que algo se logró en tan interesante materia, no puede jamás lisonjearse de haber llegado al término que se prometía.

Paso ya, señor Secretario, a ocuparme de la formación de la línea de combate.

Ante todo, debo hacer notar dos circunstancias que no pueden pasar desapercibidas. Es la primera, que la contienda que iba a empeñarse revestía un carácter esencialmente defensivo. Al menos el Estado Mayor General no recibió durante la campaña orden alguna que le hiciera comprender lo contrario. La misión del ejército estribaba, pues, en hacer que las posiciones en que éste se había situado fuesen a todo trance defendidas y sostenidas. Es la segunda, que siendo, como fatalmente tuvo que ser prollongada la línea, y un tanto débil por esta causa, le era sumamente difícil al Estado Mayor establecer por sí solo una vigilancia perfecta en toda la dilatada extensión, siendo esta la causa porque,como queda expuesto, se dispuso que cada uno de los cuatro comandantes en jefe de cuerpos de ejército vigilase el frente de sus respectivas posiciones, estableciendo el servicio más estricto de campaña y quedando responsables de la defensa de dichas posiciones.

La línea de combate apoyaba su derecha en el cerro llamado Marcavilca, próximo a la caleta de la Chira, y se extendía hacia el este de Chorrillos, recorriendo diversos médanos o colinas denominadas de Santa teresa y de San Juan, hasta los confines de Pamplona inclusive, no menos de 12 kilómetros (más de dos leguas comunes), si se considera desarrollada la curva sinuosa e irregular que seguía. Más, si la extensión se contaba hasta Vásquez o hasta Monterrico, donde se tenían colocadas dos fuertes columnas, era entonces inmensamente mayor la longitud.

Aunque en el transcurso de los días, y según los diversos intentos que se observaban en el enemigo, sufrió dicha línea algunas alteraciones en cuanto a la situación de los cuerpos del ejército, lo cierto es que en la noche del 12, el primero de éstos cubría las avenidas de Lurín a inmediaciones de Chorrillos, Villa y Santa Teresa. El cuarto se extendía desde este lugar hasta San Juan inclusive, y el tercero desde este punto hasta terminar los cerros denominados Pamplona. El segundo cuerpo de ejército quedó como reserva a retaguardia de San Juan a fin de proteger el paraje que fuese conveniente.

Como entre el morro denominado Papa y cerros subsiguientes, por un lado, y por el otro, Corrral de Vacas, lomas de San Francisco, etc., viene el camino de Lurín y Pachacamac, se ordenó, tres o cuatro días antes del 13, que dichos lugares fuesen completamente cubiertos; al efecto se posesionó de ellos una columna de la Guardia Civil al mando del comisario, coronel Negrón. Tenía por consigna esta columna conservarse por su derecha sobre las alturas de Papa, y por su izquierda sobre los cerros de San Francisco. Otras dos columnas de la propia Guardia Civil se habían destacado sobre Monterrico Chico con el agregado de ocho piezas de artillería, cuyas piezas, con una columna de honor compuesta de jefes y oficiales del ejército, se hallaba al mando del coronel Manuel Velarde.

En la Rinconada, punto por donde los enemigos practicaron un reconocimiento el día 9, se habían colocado también cuatro piezas de artillería, el Batallón Pachacamac y el 14 de la reserva de Lima.

Esta disposición, la única posible, dada la conformidad del terreno, no ofrecía ciertamente toda la resistencia que era de desearse; pero en la imposibilidad de haberse reconcentrado oportunamente por falta de movilidad el ejército en Lurín, no quedaba otra cosa que hacer.

Séame permitido ahora decsribir la posición que ocupaba cada una de las diferentes fracciones del ejército, dando principio por la derecha.

El Batallón Guardia Peruana cerraba esta ala, a proximidad, hacia el este de la caleta de la Chira, y lo seguían a su izquierda y paralelos al camino más occidental de Lurín a Chorrillos, el Cajamarca número 3, Nueve de Diciembre número 5, y Tacna número 7. Este ya inmediato al punto en que converge la indicada vía con otra que parte también de Lurín y se aproxima a la anterior en los cerros llamados de Santa Teresa. El Batallón Callao número 9 ocupaba, a vanguardia de la línea formada por los cuatro cuerpos citados, la parte exterior de la casa de la hacienda de Villa, y el Libres de Trujillo número 11, el vértice del ángulo saliente que forman los cerros de Santa Teresa.

A partir de la izquierda del Batallón Tarma, la línea se extendía por una serie continuada de médanos y colinas que describen una curva bastante abierta, cuya convexidad quedaba hacia afuera o sea a la llanura. Principiando de la derecha de Santa Teresa, se hallaba el resto del primer cuerpo del ejército, o sean los batallones Junín número 13, Ica número 15, Libres de Cajamarca número 21, esto es la 3ª División del Norte. Inclusive caballería, artillería y demás fracciones, puede calcularse el total de estas fuerzas, o sea del primer cuerpo, en 5.200 hombres, poco más o menos.

A la izquierda de la última división se extendía la 1ª, 3ª y 4ª del ejército del centro, que formaba el cuarto cuerpo, apoyando su izquierda en los últimos cerros de San Juan. Estas fuerzas ascendían próximamente a 4.500 soldados, distribuidos entre los batallones Lima número 61, Canta número 63, Veintiocho de Julio número 65, Pichincha número 73, Pisco número 75, La Mar número 77, Arica número 79, Manco Cápac número 81 y Ayacucho número 83.

A la izquierda de los cerros de San Juan el terreno se hace plano en una buena extensión y da salida a una avenida de Lurín y Pachacamacque, pasando en su prolongación hacia la Palma entre aquel cerro y el de Pamplona, conduce hacia Miraflores y Lima.

En esta obra se había hecho una zanja, de la que se ha hablado, que coincidía por su izquierda con las eminencias de Pamplona.

Las posiciones del tercer cuerpo del ejército se establecieron sobre estos lugares elevados.

Dicho cuerpo de ejército se componía de las divisiones 2ª del centro, o sean los batallones Piura número 67, Veintres de Diciembre número 69 y Libertad número 71; de la 5ª del propio ejército, cuyos batallones eran Cazadores de Cajamarca número 85, Unión número 87 y Cazadores de Junín número 89, habiéndose agregado en los últimos días una división volante compuesta de las cinco columnas de la Guardia Civil de esta capital y del Batallón número 40 de la reserva movilizable: total de fuerzas, poco más o menos, 4.300 hombres.

En cuanto al segundo cuerpo de ejército que formaba la reserva, se había constituido a la izquierda y un poco a retaguardia de San Juan. Componíalo la 4ª y 5ª divisiones del ejército del Norte, o sean los batallones Huánuco número 17, Paucarpata número 19, Jauja número 23, Ancachs número 25, Concepción número 27 y Zepita número 29; 2.800 hombres máximum.

Para completar los datos relativos a nuestra situación militar antes de las jornadas a que este parte se contrae, creo conveniente consignar aquí los que se refieren a la colocación y distribución de la artillería con que contaba nuestro ejército de línea.

El primer cuerpo de ejército estaba apoyado por las baterías de Chorrillos, de cuyos detalles sólo se podrá formar cabal idea en vista del parte del Comandante general de ellas.

La artillería movible o transportable se había dispuesto como enseguida se puntualiza, debiendo además hacer notar a V.S. que en toda la extensión de la línea se colocaron como veinte ametralladoras, hallándose a la derecha de ella el mayor número. Fue sin duda la respectiva Comandancia General de Artillería la que hizo la distribución de esos cañones.

En el cerro de Marcavilca y a inmediaciones de la Chira, dominando la playa de Conchán y sus adyacentes, había cuatro piezas sistema Grieve al mando del sargento mayor don José Ambrosio Navarro.

En la misma villa de Chorrillos, bajo la dirección del de la clase indicada don Raimundo Arinaga, cuatro cañones Vavaseur.

A retaguardia de la primera de las baterías ya mencionadas, cuatrio cañones Grieve a las órdenes del jefe de la misma graduación don Mariano Vicente Cháves. Dichas fuerzas miraban hacia los cañaverales de Villa y la antes citada plaza.

A la derecha de las colinas de Santa Teresa y a cargo del teniente coronel don J. R. Puente y el sargento mayor don Mariano Casanova: 15 White, 4 Grieve, 4 piezas de acero Walgely,1 Armstrong y 2 Vavaseur, uno de éstos de cargar por la boca.

A la izquierda de los anteriores y en otra eminencia, al mando del sargento mayor don ramón Dañino: 4 piezas White, 12 Grieve y 2 pequeños cañones de acero sistema Selay de retrocarga, construidos en la factoría de Bellavista.

A la derecha de la cadena de cerros de San Juan y a la proximidad de los de Santa Teresa, con el teniente coronel don Eloy Cabrera: 8 piezas White y 2 Grieve.

En un cerrito avanzado a la izquierda del annterior y al centro de San Juan: 11 cañones White y 2 Grieve a cargo del sargento mayor don Daniel Garcés.

A la izquierda de San Juan y con el sargento mayor don Guillermo Yáñez: 10 Grieve.

Finalmente, a la cadena de cerros de Pamplona: 4 Grieve con el capitán don José Palomino, y cerrando la izquierda, 4 Vavaseur, con el teniente coronel don Mariano Odicio.

Además, en Monterrico se colocaron 8 cañones White, como ya se ha dicho, que no funcionaron, y 4 quedarin en la Rinconada.

Llegó ya el momento, señor Secretario, de entrar en la relación de los sangrientos aunque infructuosos combates de San Juan y Miraflores.

La línea estaba lista para cualquier emergencia, que era de esperarse de un momento a otro.

Eran próximamente las 4.30 A.M. del día 13 cuando comenzó la batalla.

Inmediatamente me encaminé al cerro situado a la derecha del que servía de observatorio, con el objeto de ver los movimientos del enemigo, impartiendo sobre la marcha orden al Comandante en Jefe del cuarto cuerpo del ejército con el teniente coronel don M. Benavides, a fin de que, colocado como se hallaba en el centro de la línea, atendiese con las fuerzas de su mando a derecha e izquierda, sosteniendo a todo trance sus posiciones. Dispuse también que del Parque establecido en Barranco se acercase el mayor número de municiones.

Aún no había aclarado y bajé de la posición en que estaba, mandando desde luego orden al coronel Suárez para que avanzase con su cuerpo de ejército a ocupar, por el trayecto más corto, el terreno bajo en que días antes había acampado, con el intento de que pudiera acudir al puesto que reclamase su apoyo. De tal disposición di cuenta a S.E. el Jefe Supremo.

Poco después reiteré la misma orden con el subjefe coronel Valle, y como mientras tanto ya había aclarado, subí al Morro en donde estaba colocado el anteojo para observar nuevamente la actitud del enemigo, y notando que el claro entre la culata de los morros de San Juan y de Pamplona podía ser forzado por fuerzas contrarias, corrí hacia la izquierda para hacer prevenir al coronel Dávila hiciese desfilar con dirección a la derecha dos batallones que se apoyasen en la izquierda del Ayacucho número 83. S.E. tuvo conocimiento en el acto de esta determinación, que fue comunicada por un ayudante y cumplida, pues momentos después ocupaba el punto determinado el Batallón Libertad.

En tales circunstancias noté que el enemigo era impetuoso por el centro, y en mi empeño de afrontar una situación que por instantes creía insostenible, me dirigí personalmente donde el coronel Suárez, ordenándole hiciera avanzar sobre las posiciones del centro al batallón más inmediato, que lo era el Huánuco número 17.

Así se hizo, pero aún cuando dicho cuerpo emprendió con denuedo, fue pocos momentos después asediado por el enemigo y comenzó a desorganizarse, habiendo contribuido a esto la herida que recibiera su primer jefe el coronel Mas, que hubo de retirarse del campo.

Ordené entonces al subjefe, coronel Valle, que protegiese al Huánuco, tomando otro batallón. Cúpole en suerte este difícil encargo al Paucarpata número 19, que no pudo arribar al sitio que trataba de sostener o recuperar, por lo cual empeñó la lucha desventajosamente desde la pampa del Gramadal, muriendo su primer jefe, coronel don José Gabriel Chariarse, y dispersándose, a consecuencia de tan fatal suceso, una considerable porción de este cuerpo, que arrastró consigo el resto del Batallón Huánuco.

Mientras se realizaban estos sensibles acontecimientos, observé que el enemigo, adelantándose sobre el claro de la pampa situado a la izquierda de San Juan, cerca de Pamplona, emprendía un recio ataque de infantería apoyado por numerosa artillería. Púseme entonces en marcha a esos parajes, dejando al subjefe, coronel Valle, encargado de la colocación del Batallón Paucarpata, cuyo éxito acabo de manifestar.

Me acerqué al campamento del nuevo Batallón Canta para ver si podía aprovechar de una parte de su tropa y colocarla a retaguardia del Batallón Ayacucho número 83; pero cuando con marcada vacilación de la tropa se iniciaba el avance, el Batallón Libertad se desbanda por completo, huyendo en todas direcciones y llevándose consigo al Ayacucho y aún a ciertas porciones de caballería que mucho antes colocara en apoyo de la infantería.

Durante esta cadena de contrariedades, no pude explicarme lo que pasaba a la izquierda; pero todo me hizo suponer que la posición de Pamplona, encomendada al ejército del coronel Dávila, o no fue ocupada oportunamente como se había mandado, o fue asaltada por el enemigo desalojando las fuerzas que la defendían.

Pronto me convencí de la realidad de este hecho, en el cual tuvo mucha parte el jefe de la división volante, que también lo era de día de ese flanco, el cual dió un pernicioso ejemplo, dejando al enemigo ancho campo para flanquear por la izquierda el centro de la línea y a proximidad de los puntos que con denuedo sostenía parte de la División Canevaro, y más a la derecha, el valiente coronel Cáceres.

Sucedió también que el jefe a quien estaba encomendada la avenida Pachacamac y Lurín, entre el portachuelo de Papa y San Francisco, se dejó sorprender y arrollar del enemigo que atacó por la izquierda.

Ordené entonces al teniente coronel don Augusto Barrenechea, que en la dirección del claro de la pampa que quedó por dispersión de las fuerzas de Pamplona, protegiese con el escuadrón de su mando a la infantería que permanecía batiéndose a las órdenes del coronel Canevaro, mandato que cumplió con valor hasta donde las circunstancias lo permitieron. También el teniente coronel don Lorenzo Rondón, recibió y cumplió idéntica disposición con su piquete.

Nada fue bastante a contener la desmoralización que progresivamente se desarrolló en tan considerable porción de la línea, dejándose así inmensos claros al enemigo para que se adelantase, cortando nuestra línea entre la izquierda y el centro, como lo había sido ya, a la izquierda del primer cuerpo de ejército, en las inmediaciones de Santa Teresa.

Viendo a nuestra derecha batallones perseguidos de cerca por el enemigo, cuyos fuegos producían en ellos numerosas bajas, mandé al coronel don Enrique Carrillo del Estado Mayor, en demanda del coronel Morales Bermúdez, que con la 5ª Brigada de caballería se hallaba en un potrero inmediato, a prevenirle que se adelantase al punto que de antemano señalé y sostuviera la retirada de los infantes. Convencido de que mi orden había sido cumplida, pues vi llegar al coronel Morales Bermúdez al paraje indicado, y cuando ya no quedaba más que esta fuerza avanzada y que los enemigos habían coronado las posiciones que poco antes sostenían nuestras tropas, dispuse que las fuerzas que conservaba organizadas del coronel Suárez marchasen a Chorrillos en protección de ese importante punto, donde el combate continuaba encarnizado.

En tales circunstancias regresaba el coronel subjefe de buscar al coronel Dávila para comunicarle órdenes, y me participó no haberlo encontrado. Le previne entonces se dirigiese a Surco donde juzgaba podía haberse replegado; pero tampoco se le encontró en aquel pueblo, según la contestación dada por el referido coronel Valle, quien, además, me informó haber visto sobre el camino a los coroneles Cáceres y Canevaro reuniendo y organizando a los dispersos.

Mientras tanto, el coronel Suárez, en cumplimiento de la orden que recibiera, hubo de contramarchar de los cañaverales de San Juan hacia Chorrillos, sufriendo en esta retirada fuertes pérdidas.

A la vez que se adoptaban estas medidas y mientras se realizaba el movimiento de concentración, hacía repetir mis órdenes para conseguir que los dispersos siguiesen en mismo camino; más, conforme se aproximaba a Chorrillos, no creyéndose seguros en esta dirección, comenzaban nuevamente a desbandarse tomando diversas rutas, por lo cual me fue preciso obligarlos a que se replegasen al Barranco y Miraflores, lo que gran parte de ellos efectuaron en completo tropel y sin someterse a los mandatos e indicación de los jefes.

Temiendo total desorganización del ejército, no sabiendo a punto fijo el estado del combate en Chorrillos ni el propósito que abrigara S.E., me dirigí a Miraflores, en donde me ocupé con algunos jefes y oficiales en reorganizar a los dispersos, conteniéndoles cerca de los reductos, si bien es cierto que no pocos habían avanzado hasta Lima u otros lugares por caminos extraviados.

En la tarea de reorganización y formación de nueva línea de combate en Miraflores, una de las más difíciles en tales circunstancias, tomaron una parte muy activa los coroneles Cáceres, Valle y Carrillo.

El coronel Dávila, que se había retirado por el lado de la Calera con los restos de su ejército, emprendió por la izquierda igual operación.

Aparte de las consideraciones que más arriba dejo expuestas, tuve en cuenta, al marchar hasta Miraflores, que S.E. el Jefe Supremo se hallaba en Chorrillos, que grandes masas enemigas había ocupado las posiciones de Pamplona a la izquierda de nuestra línea, las cuales están inmediatas a la calera de la Merced, y podrían, al ver por una parte la reconcentración de algunas de nuestras fuerzas en Chorrillos y por la otra la multitud de dispersos abrirse paso, bien para avanzar sobre la capital o para flanquearnos con dirección al Callao.

Hallábase también en la misma ruta de Chorrillos el experimentado General Vargas Machuca, lo que aumentaba mi confianza en el buen éxito de la defensa de aquella villa.

Antes de emprender mi marcha sobre Miraflores, dispuse que el capitán don N. Guerrero, encargado de los almacenes de provisiones, salvase los elementos de movilidad en cuanto le fuese posible, y con respecto a los víveres y todo aquello que no fuese fácilmente transportable, ordené se incendiase.

El Parque del ejército instalado en Barranco fue transportado a Miraflores bajo la dirección de su jefe coronel Carrillo y Arisa.

Mi absoluta consagración a atender primero a la defensa de la línea en los puntos que quedan indicados, y después a la reconcentración y reorganización de los dispersos, me colocan en la imposibilidad de dar cuenta a V.S. de la heróica resistencia que el primer cuerpo de ejército, bajo el mando del valiente y resuelto coronel don Miguel Iglesias, hizo en la villa de Chorrillos, la que propiamente puede decirse, quedó encerrada en un círculo de fuego.

Sin embargo, debo manifestar a V.S. que las fuerzas que quedaron organizadas del segundo cuerpo de ejército, a las que se había dado orden marchasen sobre Chorrillos y coadyuvasen a la resistencia tenaz que allí se hacía. Pedido por S.E. el Jefe Supremo, el batallón Zepita número 29 entró por la calle de Lima, dirigiéndolo el arrojado coronel don Isaac Racabarren, y aunque acometido por varios puntos, peleó con decisión hasta quedar completamente destruido. Apoyábalo el Ancachs número 25, que también experimentó, como el Jauja número 23, grandes pérdidas, todo sin haber conseguido desalojar al invasor.

El coronel Suárez se retiró, pero como conservase organizado e íntegro el Batallón Concepción, le ordené ensayáse con él y los restos del Jauja y otros cuerpos nuevamente sobre Chorrillos. Así lo hizo, y una vez más fue rechazado. En tal situación, y viéndose acometido por fuerzas enemigas en distintas direcciones, se replegó sobre el Barranco.

El desastre quedó consumado a las 4.30 P.M.

Aunque de suma importancia los trabajos a que el Estado Mayor General dió cima en los días 13 y 14 y parte de 15 para lograr la reorganización de las fuerzas dispersas y su conveniente colocación en la nueva línea de batalla, omito hacer aquí una relación detallada de ellos, tanto porque su S.E. el Jefe Supremo tuvo oportunidad de conocerlos y apreciarlos por sí mismo, mereciendo su aprobación, cuanto por no dar a este oficio mayores dimensiones aún de las que por su propia naturaleza debe forzosamente tener.

Creo sí indispensable hacer presente a V.S. que la línea quedó establecida, apoyándose la derecha en la batería denominada Alfonso Ugarte, y la izquierda en la calera de la Merced, no obstante la prolongación de los reductos hasta Vásquez.

Las fuerzas existentes de infantería cubrían los claros que quedaban entre reducto y reducto desde el número 1 hasta el 6 inclusive, situado en dicha calera, los cuales eran defendidos por cuerpos de la reserva de Lima.

Se formaron seis divisiones al mando de los señores coroneles don María Noriega, don Mariano Ceballos, don César Canevaro, don Lorenzo Iglesias, don Buenaventura Aguirre y don José Manuel Pereira, poniéndose cada dos de ellas bajo las órdenes de un Comandante en Jefe, y se designó para los dos primeras al coronel don Andrés Avelino Cáceres, para las dos intermedias al de la misma clase don Belisario Suárez y para las últimas, o sean las de la izquierda, al coronel don Justo Pastor Dávila.

Colocaron en los lugares convenientes las pocas piezas de artillería de que apenas se disponía, y que no eran otras que dos Grieve, salvadas por el coronel don Jesús del Valle y el sargento mayor don José A. Navarro, quienes sostuvieron la retirada de la infantería desde una eminencia situada en el camino; tres Vavaseur, de las que tenía a su cargo el teniente coronel don Francisco Moreno, y una ametralladora. Más tarde se dió igualmente colocación a algunas otras piezas White llevadas de Lima. La caballería se situó a retaguardia de la línea.

Las fuerzas de la reserva no sufrieron ni en su personal ni en su situación alteración alguna, quedando bajo las órdenes de sus respectivas autoridades superiores como siempre lo estuvieron, motivo por el cual no me es dable informar a V.S. sobre este importante ejército con la detención que deseara.

Después de hechos los arreglos y aprestos que la solemnidad y urgencia de las circunstancias reclamaban, dispuse que a las 10 A.M. del 15, formasen todos los cuerpos en sus respectivos campamentos, para pasarles una revista personal y conveniente de su estado de animación y moral. Dada esta orden, me puse a la cabeza de toda la caballería y recorrí la línea desde el primer reducto hasta el de La Palma, con el doble objeto de conocer el estado de la tropa, del arma y llevar el mayor aliento posible al ánimo de los infantes.

Habiendo contramarchado a la derecha, di principio a la revista anunciada. Hallábame en esta labor, cuando percibí que los enemigos formaban su línea. Coincidía este movimiento con el que en el mar hacían sus buques, que también se colocaban en línea de combate, amenazando a Miraflores.

Aún cuando la presencia en este pueblo del Cuerpo Diplomático, que conferenciaba con S.E. el Jefe Supremo, era, sin duda, motivo más que suficiente para que no me alarmase, suspendí, sin embargo, en el acto la revista que estaba pasando y previne que los cuerpos se conservasen en sus campamentos listos para combatir.

Esperaba las órdenes de S.E., cuando, como a las 2 P.M., fui sorprendido por la detonación de nutridas descargas de infantería y de artillería, tanto de tierra como de mar.

Púseme precipitadamente en camino para el Barranco, y cuando me aproximaba a los puntos más avanzados de la línea, se me dió aviso de que fuerzas enemigas habían invadido por el lado del mar nuestro flanco derecho.

Como a ser cierta tal maniobra contraria podía ser envuelta nuestra derecha y frente, circunvalado completamente el pueblo de Miraflores, en cuyo centro se hallaba S.E., y tomada también la estación del tren que nos servía para el transporte de recursos de la capital y para movilizar la artillería, mandé al capitán don Pedro Carrillo y tras él al mayor Montoya, mi ayudante, para que pidiesen al coronel Dávila dos de los batallones que estaban a sus órdenes, y yo, acto contínuo, me encaminé, buscando el trayecto más corto, hacia el punto que se decía amenazado; en el camino me encontré con S.E. el Jefe Supremo que se dirigía a la izquierda con poca comitiva. Cuando llegué al Barranco, me impuse de que el aviso era falso, y que sin amenaza de los enemigos por ese flanco, con sólo los tiros de mar, los nuestros habían abandonado los parapetos tras de los cuales se les había colocado y corrían despavoridos. Como pude los contuve y regresé luego al camino principal para aproximarme a la línea. En el tránsito se me presentó el ayudante, sargento mayor Montoya, que conducía al Batallón Unión, remitido por el coronel Aguirre y al mando del teniente coronel Rosell, Montoya me dio parte de que el batallón proporcionado por el coronel Dávila lo había dejado en el camino de orden de S.E., que se encontraba a la izquierda. Aún cuando el Batallón Unión, de reciente formación, se manifestó algo acobardado, pues sobre su marcha fueron víctimas de las balas enemigas varios soldados, logré con algunos esfuerzos hacerlo entrar en acción y reemplazar las muchas bajas que había sufrido el esforzado Batallón Marina, que desde el principio de los fuegos estaba combatiendo. Enseguida me ocupé de hacer proveer a los cuerpos de municiones, experimentando contínuamente algunas decepciones, pues la tropa, acobardada, sólo pensaba en dispersarse, porque la desmoralización se había hecho general.

No obstante, y como notase disminución en los fuegos enemigos y calculando naturalmente algún desconcierto en sus filas, hallándose S.E. algo distante por la izquierda, mandé al subjefe, coronel Valle, cerca de la cabalería para que la preparase y se pusiese a la cabeza de ella, con el fin de que protegiese un movimiento que me parecía debía efectuarse por la izquierda, atacando al enemigo por su flanco derecho; pero cuando me preparaba a marchar en busca de S.E. vi que una gran parte de tropa de los batallones Concepción, Veintiocho de Julio y Manco Cápac, abandonando las tapias que les servían de parapeto, cedían terreno, resistiéndose a los mandatos de sus superiores para regresar a la línea, no obstante de estar provistos de suficientes municiones. Fue entonces que, pasando al frente de ella, los valientes generales Machuca y Segura fueron heridos simultáneamente allí, como lo fui yo, después de haber recibido dos balazos el caballo que montaba.

Esta contrariedad vino a impedir mi propósito, y quedando por consiguiente fuera de combate, mandé poner en conocimiento del Jefe Supremo la necesidad de retirarme, con la confianza de que dejaba sobre la línea sosteniéndola al muy esforzado coronel Cáceres.

Hasta aquí, señor Secretario General, los hechos de que puedo dar cuenta. Debo, sin embargo, agregar que en la batalla de Miraflores, lo mismo que en la de San Juan, el comportamiento observado por los jefes y oficiales, con algunas excepciones, fue honroso, no así el de la tropa.

Sólo de este modo se explica que en la batalla de San Juan hayan sucumbido siete coroneles, entre ellos dos comandantes generales, tres jefes de batallón y un edecán de S.E.; otros tantos tenientes coroneles, de los que cuatro fueron segundos jefes de cuerpos; más del doble de dicho número de sargentos mayores, de los que nueve fueron terceros jefes de batallón; cuatro jefes de artillería y los restantes del Estado Mayor u otras dependencias, y cuando menos una cuarta parte de los oficiales subalternos de infantería y artillería y otras colectividades militares. Habiendo resultado heridos siete coroneles, entre ellos el modesto y valiente coronel Aguirre, que pereció después en la batalla de Miraflores; cinco primeros jefes de cuerpos y el jefe del detall del segundo cuerpo del ejército, así como un no corto número de jefes y oficiales de otras graduaciones.

Quedaron, además, prisioneros en poder del enemigo 13 coroneles, contándose en ese número el Comandante en Jefe del primer cuerpo de ejército; el Jefe y el Subjefe del Estado Mayor del ejército del Norte; tres comandantes generales, incluyendo el de las baterías fijas de Chorrillos y Miraflores; tres primeros jefes de cuerpo y algunos que desempeñaban diversos puestos; ocho tenientes coroneles; igual número de sargentos mayores y muchísimos oficiales subalternos.

En la jornada de Miraflores rindieron la vida 10 coroneles, de los cuales uno era Comandante General de división, un subjefe de división en la reserva; cuatro primeros jefes de batallón, un agregado al Estado Mayor General y los restantes que peleaban como simples soldados en los reductos. La mitad cuando menos de tenientes coroneles y sargentos mayores, uno de aquellos primer jefe de cuerpo y los restantes segundos jefes en el ejército activo y en la reserva; varios empleados en el Estado Mayor General y estados mayores de ejército y otras dependencias. Resultando heridos los dos generales que ejercían mando y el señor General Segura que, sin tener colocación en la línea, se presentó espontáneamente en los lugares de mayor peligro; varios coroneles, entre los que hay un Comandante en Jefe de cuerpo de ejército, un Jefe de división y dos de batallón e innumerables jefes y oficiales de inferior jerarquía.

Los partes detallados vendrán a poner en transparencia cuántos sacrificios y cuántas víctimas inmoladas valerosamente en aras de la patria cuestan al Perú los infortunados días 13 y 15 de enero de 1881.

Por mucho que la suerte haya sido una vez más adversa a nuestras armas, no me es posible prescindir, sin marcada injusticia, de ofrecer a la consideración de S.E. el Jefe Supremo y de la Nación toda los nombres de los que, a mi juicio, más se han distinguido por su entereza y valor en las recias jornadas a que éste se refiere. Estos son los coroneles don Pablo Arguedas, don Buenaventura Aguirre, don Domingo Ayarza y don Luis Gabriel Chariarse, así como el capitán de navío don Juan M. Fanning que rindieron su vida con honor en el campo de batalla. Los de la misma clase don Andrés Avelino Cáceres, don César Canevaro, don Isaac Recabarren, don Justiniano Borgoño, don Francisco La Rosa, don Marcos Porra y don Manuel Cáceres; tenientes coroneles Barrenechea, Cayo, Murga, Fonseca, Crespo, Frisancho, Rosell y Odicio, muerto también este último en el fragor del combate; sargentos mayores Ochoa, que fue asimismo víctima de su arrojo, Alcocer, Goyzueta y muchos otros que se escapan a mi recuerdo, pero que no dudo serán recomendados en los respectivos partes.

De los que más inmediatamente se encontraban a mis órdenes por hallarse destinados en el Estado Mayor General, son dignos de consideración el infatigable coronel Subprefecto don Ambrosio J. del Valle, que se hallaba siempre solícito en su puesto y sereno en el peligro; el de igual clase de artillería don Jesús D. del Valle, que combatió en diversos momentos con la fuerza de su arma y me acompañó valientemente al avanzar fuera de los reductos con una guerrilla de infantería; el de esta misma clase don Enrique Carrillo, jefe de la sección de servicios, que llevó con actividad y tino todas las labores del despacho y se encontró siempre a mi lado en los momentos de mayor riesgo, desempeñando acertadamente las comisiones que le diera; los de la propia clase don José Federico Salas y don Manuel E. Velarde; mis ayudantes sargentos mayores don Toribio Montoya y don José Luis Elcorrobarrutia, que falleció en el combate de San Juan, y los capitanes don Juan M. Gall y don Pedro Carrillo, así como el teniente don N. Forcelledo, que salió herido; el subteniente don Juan S. del Campo y algunos otros jefes y oficiales que han sabido cumplir dignamente con su cometido.

Faltaría también a mis deberes si no consignara en este oficio una palabra de aplauso justamente merecida para los batallones 2, 4, 6 y 8 del ejército de reserva, que con la serenidad de esforzados veteranos sostuvieron los reductos encomendados a su custodia sin que los desalentara el terrible espectáculo de ver caer uno tras otro a sus abnegados compañeros de armas.

Compuestos esos cuerpos de ciudadanos pertenecientes a la parte más selecta de nuestra sociedad y no acostumbrados por lo mismo a las penalidades y azares de la guerra, la gratitud nacional se halla aún más obligada para con ellos.

Al finalizar este parte, debo manifestar que todos mis esfuerzos han sido inútiles para recopilar los datos conducentes a la formación de las relaciones de muertos, heridos y prisioneros habidos en cada combate, documentos que sólo podrán revestir positiva autoridad estando en posesión de los partes de los comandantes en jefe de los ejércitos, cuerpos de ejércitos, comandantes generales de división, jefes de baterías fijas y transportables, sección de Estado Mayor que quedó en Lima, de administración o ingenieros, Jefe de Parque, Cirujano en Jefe de los ejércitos, y todas las autoridades que por su jerarquía y destino en los ejércitos puedan y deban estar enterados de los hechos, siendo de otra manera de todo punto imposible la computación del número de nuestras bajas en cada una de las batallas libradas el 13 y el 15.

Por esto he de conformarme con pasar sólo a manos de V.S. las relaciones anexas: la número 1 de jefes muertos y la número 2 de heridos, no respondiendo de que sean exactas.

He aquí, señor Secretario, fielmente relatados los hechos ocurridos en las batallas de San Juan y Miraflores.

Dios guarde a V.S.
PEDRO SILVA

Al señor Capitán de Navío, Secretario General de S.E. el Jefe Supremo de la República.
*****************
Saludos
Jonatan Saona

6 comentarios :

Anónimo dijo...

el bravo pedro silva...un soldado a carta cabal..la guerra no termino para el,despues de la caida de lima.lucho en la breña y murio en combate..acostumbrado a guiar ejercitos enteros cayo al frente de una compañia --en la dramatica batalla de huamachuco...descanse en paz señor general

EDGAR VASQUEZ dijo...

ANTES QUE NADA TE FELICITO POR ESTE BLOG DESDE QUE LO HE ENCONTRADO ESTOY LEYENDO ABSOLUTAMENTE TODOS LOS ARTICULOS PERO ESTE ME HA EMOCIONADO TANTO Y TENGO EMOCIONES ENCONTRADAS DE PENA POR TODOS LOS VALIENTES QUE CALLERON Y RABIA POR TODOS LOS QUE NO LO FUERON Y PUDIERON CAMBIAR LA HISTORIA DE ESTA GUERRA

Raúl Olmedo D. dijo...

Un militar honesto, el general Pedro Silva, que no oculta las falencias de sus fuerzas y narra la verdad descarnada.
Hay que consignar que, aunque pareciera ser un subido número el de las piezas de artillería que defendían la línea Morro Solar- Pamplona el día 13 de enero, la mayoría de ellas eran Grieve, White y Selay de construcción semi artesanal en las fundiciones de Lima.
Las Grieve equivalían a piezas de montaña, de sólo 60 mm. y retrocarga. Hermosas, recubiertas de bronce, pero de baja cadencia de tiro y escaso calibre. Muchos de sus proyectiles eran balas sólidas, y no granadas. Las White eran una mala imitación del Vavaseur, que además de descalibradas, no fueron bien servidas. No hubo práctica de tiro previa con esas piezas.
Las Selay, de buen acero, fueron muy escasas, y su manejo aparentemente casi desconocido con anterioridad por sus sirvientes.
En resumen, fuego artillero inefectivo.
Sólo las baterías del Morro Solar cumplieron eficientemente su labor, en el extremo derecho de la línea. Y la Primero División Lynch debió soportar sus efectos con sensibles pérdidas.
En el resto de la línea, el fuego de las piezas Grieve, White y Selay estuvo lejos de crear una cortina que hubiera podido detener - no digo destruir - o contener en parte a la infantería lanzada a la carga. Tampoco las minas terrestres o bombas sepultadas cumplieron con esa finalidad.
La artillería Krupp y Armstrong de Perú se había perdido en las previas campañas de Tarapacá y Moquegua.

R. Olmedo

Anónimo dijo...

el general Silva era aposentador del ejército de la resistencia (oficial encargado de hacer el alojamiento de las tropas y de marcar el campo que debía ocupar el ejército) sin embargo solicitó combatir y al frente de una humilde compañía murió empuñando un rifle en Huamachuco, esa foto es de varios años antes de la guerra, en Huamachuco tenía 63 años

ruben alberto silva mejia dijo...

MUCHO NOS INTERESA SABER ALGO DEL CONFLICTO DE 1929, DONDE SE TRATABA LA ESTRATEGIA DE LA CHILENIZACIÓN DE TACNA Y ARICA, EN ESPECIAL DATOS SOBRE EL NOMBRE DEL PREFECTO DE TACNA EN 1928-1929.
GRACIAS.

ruben alberto silva mejia dijo...

ESTAMOS INVESTIGANDO SOBRE EL LOCAL INSTITUCIONAL DE LA PREFECTURA EN LOS AÑOS 1918-1929, PARA SABER SI LA SEDE DE LA GOBERNACIÓN ACTUAL, ERA LA PREFECTURA DE ENTONCES.

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