martes, 3 de enero de 2012

Parte de Maturana

JEFE DE ESTADO MAYOR GENERAL

Lima, febrero 9 de 1881.
Señor General en Jefe:

Tengo el honor de dar cuenta a V.S. de las operaciones emprendidas y ejecutadas por el ejército, desde su desembarco en la caleta de Curayaco, hasta la ocupación definitiva de esta capital y del puerto del Callao.

Aunque el desembarco había sido dispuesto desde Arica para el puerto de Chilca, adonde llegamos con la escuadra el día 21 de diciembre último, la operación no se ejecutó allí por indicación del señor Ministro de la Guerra y nos dirigimos a efectuarla en la citada caleta, con lo cual se ahorró gran trabajo y penosas marchas al través de ásperas y arenosa serranías de más de tres leguas.

El día 22 comenzó el desembarco, saltando primeramente en tierra la 1ª Brigada de la 2ª División, al mando del coronel don José Francisco Gana, y compuesta de los regimientos de infantería, Esmeralda, Chillán y 3º de Línea, que reemplazó ese día al Buín. A esta Brigada se agregó un escuadrón del Regimiento Cazadores a caballo, mandado por el teniente coronel graduado don José Francisco Vargas.

En la tarde de ese día se ordenó al ayudante de este Estado Mayor, teniente coronel don Ambrosio Letelier, que avanzara con 90 hombres de Cazadores a caballo a reconocer el camino de Lurín y observar las fuerzas que pudiera tener el enemigo en aquel valle, cuya pronta ocupación nos era de absoluta necesidad por la carencia de agua en el lugar en que acampaba el ejército a medida que iba desembarcando. Esta primera exploración nos hizo saber que no había en Lurín fuerzas enemigas que pudieran oponer resistencia seria; siendo a lo más su número calculado de 500 a 600 hombres de caballería e infantería. Se hizo también entonces, por la misma fuerza, el reconocimiento de una caleta cercana al pueblo de Lurín, que presentaba facilidad para el desembarco.

En posesión de estos datos, se ordenó que la Brigada Gana avanzara al amanecer del día 23 a ocupar el pueblo de Lurín, lo que ejecutó aquella fuerza sin otro accidente que el de un ligero tiroteo, sostenido a la entrada de la población, por un piquete de 25 Cazadores al mando del teniente coronel don Hilario Bouquett, contra las fuerzas enemigas que abandonaron el pueblo, retirándose por el valle arriba en dirección a Pachacamac.

Desde aquel momento quedaba asegurado el desembarque tranquilo y sin inconvenientes de las tropas y material del ejército.

Al mismo tiempo se emprendían con la mayor actividad los reconocimientos sobre el campo enemigo.

El teniente coronel don Baldomero Dublé Almeyda salió el día 24 por el valle de Lurín arriba para reconocer el territorio hasta Manchay y desalojar al enemigo que se decía establecido en Pachacamac, con escasas fuerzas. Llevaba bajo sus órdenes cuatro compañías de infantería y un escuadrón de caballería, con cuya tropa sostuvo cerca de Manchay un largo tiroteo con el enemigo apostado en las alturas escarpadísimas, haciéndole algunas bajas y tomando cuatro prisioneros.

El 25, el comandante Letelier del Estado Mayor General, con un escuadrón de Carabineros de Yungay, mandado por el teniente coronel don Miguel Alcérreca, avanzó por el camino de la playa de Conchán hasta la hacienda de Villa, en donde encontró la vanguardia del ejército enemigo, fuertemente establecida sobre las alturas que dominan aquella hacienda, en posiciones atrincheradas y cerrando el paso hacia el valle de Chorrillos por este lado.

El 27, a las 8 P.M., el coronel Jefe de la 2ª Brigada de la 2ª División, don Orozimbo Barbosa,sorprendió con algunas compañías del Regimiento Curicó, al mando de su primer jefe, teniente coronel don Joaquín Cortés, a la 1ª Brigada de la caballería del ejército peruano que venía del sur en dirección a Lima, después de haber hostigado durante muchos días la marcha de la Brigada Lynch, desde Tambo de Mora a Chilca. El hecho tuvo lugar en El Manzano, a poca distancia al norte del pueblo de Pachacamac, y de él resultó la completa derrota del enemigo, después de un reñido fuego en que tuvimos la desgracia de perder al segundo jefe del Curicó, teniente coronel don José Olano, muerto valientemente en su puesto, y cuatro heridos de tropa del mismo regimiento. De parte del enemigo, tanto del combate de esa noche como en la persecución, que duró todo el siguiente día en los bosques y cerros, resultaron muertos un jefe y 15 individuos de tropa, y prisioneros el coronel primer Jefe de la Brigada, don Pedro J. Sevilla, 14 jefes y oficiales y 97 individuos de tropa, y cayendo en nuestro poder algunas armas, municiones, caballos y equipo.

El 28 se hizo por el sargento mayor don Manuel Rodríguez, un nuevo reconocimiento sobre los altos de Villa.

El 30, el teniente coronel don Jorge Wood avanzó con 150 hombres de caballería a reconocer el camino de Manchay a Lima, llegando hasta la Rinconada de Ate, desde donde se observaron las posiciones del enemigo en el valle de aquel lado.

El 2 del próximo pasado, V.S. en persona, con el señor Ministro de Guerra, avanzó por el mismo camino a reconocer el ala izquierda de la línea enemiga, llegando igualmente hasta el mismo punto.

El 3, el comandante Letelier volvió a reconocer la derecha enemiga en Villa, marchando por el camino de Pachacamac a Lima, que pasa por la quebrada de Atacongo, alcanzando hasta la meseta de La Tablada, desde donde se pudo observar una parte de las posiciones enemigas hacia el lado de San Juan.

El 4, los coroneles don Patricio Lynch y don Pedro Lagos, jefes de la 1ª y 3ª divisiones del ejército, fueron personalmente a bordo de la corbeta Magallanes a reconocer las posiciones peruanas en Villa y Chorrillos, observándolas por el lado del mar; recorriendo al mismo tiempo la costa hasta el Callao, para observar las posiciones de Barranco, de Miraflores y de aquel puerto.

El 5, el coronel Barbosa, recorriendo el valle arriba hasta Manchay, sorprendió una descubierta enemiga de observación, matándole un hombre y tomando tres prisioneros.

El 6, V.S. acompañado del señor Ministro de la Guerra, del Estado Mayor General y una pequeña fuerza de las tres armas, practicó personalmente el reconocimiento de las posiciones enemigas sobre Villa, Chorrillos y San Juan, habiéndose trabado un corto tiroteo de cañón, sin daño por nuestra parte.

El día 7, fue el que suscribe con sus ayudantes a practicar un nuevo reconocimiento de las mismas posiciones por el lado de Santa Teresa, entre Villa y San Juan.

El 9, el coronel Barbosa salió de Manchay con una fuerza como de 2.000 hombres de las tres armas en dirección a Ate, llevando el encargo de avanzar por ese camino más allá del punto a que habían llegado los reconocimientos anteriores, desembocar en el valle y observar desde cerca las posiciones enemigas.

Antes de bajar al valle, aquella fuerza encontró obstruido el camino por un considerable número de minas automáticas que cubrían el campo y estallaban bajo los pies de la tropa, al mismo tiempo que algunas guerrillas enemigas hacían fuego, parapetadas tras de una triple trinchera de fosos, que cortaban en toda su anchura el abra por donde gira el camino; mientras que otras coronaban las alturas de uno y otro lado. La caballería enemiga aparecía en el valle por retaguardia de la infantería, y los cañones de los fuertes del sur de Lima disparaban granadas sobre nuestras filas. El coronel Barbosa ordenó inmediatamente el ataque, haciendo avanzar por derecha e izquierda algunas guerrillas de infantería para desalojar a las del enemigo que ocupaban las alturas, y cargando a los que se ocultaban tras de los fosos del frente con un pelotón de Granaderos a caballo, que en un momento las dispersó a filo de sable, matándoles 23 hombres, entre ellos 3 oficiales. Rechazado el enemigo de todas sus posiciones y puesto en completa fuga, el coronel Barbosa desembocó en el valle y cumplió el objeto de su misión, retirándose enseguida sin ser molestado. En aquel encuentro, el enemigo tuvo muchas bajas entre muertos y heridos; por nuestra parte hubo 25 heridos por las balas y los polvorazos de las minas, de los cuales murió sólo un soldado del Buín.

El día 10, V.S. con el Estado Mayor General, practicó un nuevo reconocimiento de las posiciones enemigas en San Juan y Chorrillos, después del cual V.S. ordenó alistar el ejército para marchar al ataque de estas posiciones en la tarde del subsiguiente día 12.

El ejército peruano se hallaba tendido a lo largo de la línea que forma el coronamiento de la cadena de cerros que rodea el valle de Chorrillos por el sur y el oriente, y que partiendo del Morro Solar se extiende al este por los altos de Villa y Santa Teresa, desde donde vuelve bruscamente al norte, prolongándose por la hacienda de San Juan hasta Monterrico Chico. Esta cadena tiene tres pasos estrechos o abras de corta extensión: una en la hacienda de Villa, para desembocar sobre Chorrillos; otra sobre el camino que conduce de Junín a Lima, pasando por las casas de San Juan y La Palma, y la tercera por el camino que desde Lurín y Pachacamac se dirige rectamente a la capital, pasando por la hacienda de Tebes.

Detrás de este cordón corre de sur a norte, desde el valle de Chorrillos hasta el cauce del río Surco, una línea de espesos bosques y matorrales con raras soluciones de continuidad, que se hallan a su turno obstruidas por cercados y tapiales que forman las divisiones del terreno de cultivo, haciendo el todo una línea apropiada para una tenaz y sólida resistencia.

Finalmente, detrás todavía de esta línea de bosques, se encuentra la que forman los caseríos de Chorrillos, Barranco y Miraflores, ligados entre sí por una vía férrea y por una red de potreros y pequeñas propiedades, todas circundadas y divididas por gruesos tapiales de tierra de poco menos de un metro de altura, la suficiente para el cómodo y seguro abrigo de la infantería.

La línea de coronamiento de los cerros se hallaba foseada en toda su extensión, cortando con anchas zanjas las abras que daban acceso al valle y formando con las tierras sueltasun parapeto interior detrás del cual se ocultaban los batallones peruanos, pudiendo cómodamente disparar de mampuesto, apoyando el arma sobre la cresta del parapeto. De trecho en trecho y sobre las eminencias más convenientes y bien elegidas, se levantaban diversos reductos artillados, baterías de cañonrea con espaldón de sacos de tierra suficientemente espeso y elevado para proteger a los artilleros contra los proyectiles de las piezas de campaña.

Adelante de esta línea, y especialmente en los puntos más accesibles, se había sembrado el campo de minas automáticas que estallaban bajo la presión del pie de un infante, y el mismo sistema defensivo se había también empleado delante de la línea del bosque, sembrando de estas minas las estrechas llanuras que quedaban entre una y otra línea.

Aquella formidable posición se hallaba defendida por 25.000 hombres de las mejores tropas del Perú, provistos de un abundante y valioso material de guerra, en el que se contaban más de 100 piezas de artillería entre cañones y ametralladoras. Contra ella debían en breve embestir los 23.000 soldados que Chile había confiado al mando de V.S., teniendo que salvar, para estrecharse contra el enemigo, un pesado desierto de tres leguas de arena, falto absolutamente de agua.

V.S. dispuso la marcha como sigue:

La 1ª División, formando el ala izquierda del roden de batalla, debía asaltar las posiciones que ocupaba la derecha del enemigo, desde el Morro Solar a Santa Teresa, tratando de forzarlas a todo trance para caer sobre Chorrillos y envolver por el flanco y retaguardia el centro de la línea peruana.

La 2ª División debía forzar la línea enemiga por San Juan y romperla envolviendo las casas de esta hacienda para caer sobre Chorrillos en combinación con la 1ª.

La 3ª División debía apoyar el ataque de la 2ª por la derecha de ésta, resistiendo el choque del ala izquierda enemiga, caso de plegarse ésta para venir en auxilio de su centro.

La reserva general, marchando a retaguardia del espacio libre que quedaba entre la 1ª y 2ª División, debía prestar apoyo a una u otra de ambas, según los casos que pudieran presentarse.

Finalmente, la caballería en masa y la artillería de reserva debían quedar bajo la mano del General en Jefe para ser empleadas en el momento oportuno.

En esta disposición se dio la orden general de marcha el 12, debiendo emprenderse el movimiento a las 5 P.M. de ese día, para caer sobre el enemigo al romper el alba del siguiente, después de dar algún descanso a la tropa, antes de emprender el ataque. Teníamos el tiempo suficiente, dada la corta distancia que debíamos salvar, para ponernos a tiro de fusíl de las líneas enemigas.

La 1ª División al mendo de su Jefe, coronel don Patricio Lynch, se movió en cuatro columnas paralelas: la 1ª, compuesta del Regimiento 2º de Línea y Colchagua, formaba la derecha; la 2ª se componía de los regimientos Atacama y Talca; la 3ª, de los regimientos 4º de Línea y Chacabuco; la 4ª, del Regimiento Coquimbo y Batallón Melipilla. Las tres primeras marchaban por la pampa arenosa que se abre adelante del puente de Lurín, entre la línea del telégrafo y la loma que borda la playa de Conchán. La 4ª marchó por el camino de esta playa, seguida por una brigada de artillería de montaña y el parque de la división, que iba protegido por el Regimiento de Artillería de Marina.

Esta división hizo alto y descansó a las 12 P.M. al frente de las líneas enemigas de Villa y Santa Teresa y a distancia de cuatro a cinco mil metros.

La 2ª División, al mando del General de Brigada don Emilio Sotomayor, pasó el río Lurín, sobre un puente provisional frente a la hacienda de Las Palmas, y embocando por la quebrada de Atacongo, subió a las 12 P.M. a la meseta de La Tablada, en donde hizo alto.

Componían esta División los regimientos de infantería Buín 1º de Línea, Esmeralda, Chillán, Lautaro, Curicó, Batallón Victoria, y una brigada de artillería de montaña. La División marchaba en dos brigadas: la 1ª a las órdenes del coronel don José Francisco Gana, y la 2ª a las del coronel don Orozimbo Barbosa.

La 3ª División, al mando del coronel don Pedro Lagos, siguió el camino de la línea telegráfica hasta la meseta de la Tablada, en donde hizo alto a medianoche para aguardar el paso a vanguardia de la 2ª, cuyos movimientos debía apoyar. Componíase de dos brigadas de infantería: la 1ª a las órdenes del coronel don Martiniano Urriola, formada del Batallón Naval y Regimiento Aconcagua; la 2ª a las del teniente coronel don Francisco Barceló, formada de los regimientos Santiago y Concepción, y los batallones Bulnes, Valdivia y Caupolicán. Acompañaba esta División una brigada de artillería de montaña y otra de campaña, ambas del 1er.Regimiento, a las órdenes del teniente coronel don Carlos Wood.

La reserva general de infantería, compuesta de los regimientos 3º de Línea, Zapadores y Valparaíso, y mandada por el teniente coronel don Arístides Martínez, llegó a las 2 A.M. del 13 a la meseta de La Tablada, a cuya falda hizo alto.

La artillería de campaña del 2º Regimiento, bajo las órdenes del teniente coronel, jefe del cuerpo, don José Manuel 2º Novoa, se situó a inmediaciones de la infantería de reserva, habiendo llegado allí pocos momentos después que aquella fuerza.

Por último, la caballería con sus tres regimientos, Cazadores, Granaderos y Carabineros, bajo las órdenes del Comandante General, teniente coronel don Emeterio Letelier, llegó a las 4 A.M. del mismo día 13 a situarse en la parte baja de La Tablada, oculta los tiros de la artillería enemiga por un cerro que la cubría del lado de San Juan.

Hasta ese instante nada hacía notar que el enemigo se hubiera apercibido de nuestro movimiento. Una espesa neblina, que cubrió el campo durante un largo rato antes de amanecer, envolvía a ambos ejércitos en una densa oscuridad.

Eran las 3.30 A.M., cuando las tres divisiones comenzaron de nuevo a moverse para ir al ataque de las posiciones que les estaban respectivamente señaladas.

La 1ª, teniendo una distancia mucho menor que recorrer, fue también la primera que abordó al enemigo. Pocos minutos antes de las 5 A.M. un nutrido fuego de fusilería y ametralladoras, seguido bien pronto de un cañoneo, cayó como una lluvia sobre las cabezas de columna de esta División, que trepaban silenciosa y resueltamente la escarpada y movediza pendiente de arena, cuyas elevadas cimas coronaba la línea peruana. En un momento el combate se hizo general por este lado, rompiendo sus fuegos sobre el enemigo la infantería y artillería de la División, siendo eficazmente apoyados por los cañones de algunos buques de la escuadra, que batieron durante largo rato el ala derecha de la posición asaltada. Desde que aclaró bien el día pudieron notarse los visibles progresos que hacían nuestras fuerzas en este ataque, dirigido con valeroso ímpetu por el Jefe de la División. Una buena parte de las trincheras y reductos del enemigo se hallaban ya en nuestro poder; y observando V.S. que algunos otros ofrecían más tenaz y sólida resistencia, a la cual debía contribuir los refuerzos que podría el enemigo llevar, como en efecto llevaba de la línea de San Juan, ordenó V.S. que la reserva avanzara a apoyar la derecha de la 1ª División y atacar las posiciones peruanas entre San Juan y Santa Teresa. Este ataque fue llevado con todo el vigor que las circunstancias del momento requerían; y desde que ambas fuerzas pudieron darse la mano, el ala derecha peruana se rompió definitivamente y cedió el campo, replegándose sobre las alturas del Morro Solar, en donde emprendió una nueva y más tenaz resistencia.

Pocos momentos después que la reserva, entraba por el centro al fuego la 2ª División, apoyada hacia la derecha por los batallones de la 3ª. La 2ª debía entrar en acción al mismo tiempo que la 1ª, es decir, al amanecer; pero inconvenientes de la marcha causados por la oscuridad y la distancia, hicieron que no pudiera llegar a la línea de batalla hasta las 6 A.M. Protegida eficazmente por los fuegos de la artillería de campaña y de montaña, la 1ª Brigada de esta División, al mando del coronel Gana, cargó resueltamente en columna, por regimientos desplegados, las fuertes posiciones del cordón de San Juan.

El Regimiento Buín, marchando en primera línea, en orden disperso, trepó con increible audacia y rapidez la eminencia dominante de aquel cordón, de la cual se apoderó a fuego y bayoneta, rompiendo por su centro la línea peruana que desde este instante comenzó a flaquear visiblemente. Sin pérdida de momento, el Buín ejecutó con su derecha un movimiento envolvente sobre la izquierda del enemigo, y tomando de flanco y por retaguardia las zanjas que cubrían la primera abra de San Juan, barrió con los batallones peruanos allí parapetados, haciendo en ellos una espantosa matanza. Al mismo tiempo los regimientos Esmeralda y Chillán, que seguían el movimiento del Buín, se apoderaban de las alturas que seguían hacia la derecha entre las dos abras y barriendo a las fuerzas peruanas que cubrían el camino que conduce a Tebes, abrían en el centro dela línea enemiga una inmensa brecha, dividiéndola completamente en dos partes, de las cuales la izquierda quedaba relativamente débil y era arrollada del todo momentos después por las fuerzas de la 2ª Brigada y algunas de la 3ª División, que llegaba allí después de haber batido a las tropas enemigas que cubrían las alturas dominantes de la Pampa Grande, en donde tenía lugar el despliegue de nuestras fuerzas por este lado y su marcha al ataque.

Eran las 7.30 A.M. y ya la infantería enemiga del centro iba en derrota abierta, cuando V.S., a fin de completarla e impedir que pudiera rehacerse en segunda línea, dio orden al Comandante General de caballería de hacer cargar por el abra del camino de Tebes, al Regimiento Carabineros de Yungay y al de Granaderos a caballo. Aquella carga fue decisiva.

Nuestros bravos regimientos, desembocando por la citada abra al llano de Pamplona, cayeron como una avalancha sobre los quebrantados batallones peruanos que huían por la pampa del Cascajal, acuchillándolos con tal empuje y bravura, que en muy corto tiempo quedó todo aquel campo libre de enemigos y sembrado de cadáveres, hasta la hacienda de Tebes y La Palma.

A las 8 A.M. los fuegos habían disminuido considerablemente, y aún llegó un momento en que cesaron casi por completo. Era que el enemigo se retiraba en desorden y reunía apresuradamente sus fuerzas vencidas de San Juan para defender la población de Chorrillos. Mientras tanto, la División del coronel Iglesias, que había entrado en batalla con más de 5.000 hombres, se mantenía todavía firme y casi intacta sobre las alturas del Morro Solar y la punta denominada de Chorrillos, posiciones todas fuertemente atrincheradas y artilladas con cañones de grueso calibre.

En esta situación, nuestras fuerzas avanzaban sobbvre el enemigo en el siguiente orden: la 1ª División subía al ataque de las posiciones del Morro Solar; la reserva marchaba rodeando el Morro por el lado norte, siguiendo el camino que, desembocando del portezuelo de Villa, conduce por el pie del Morro hasta Chorrillos. La 1ª Brigada de la 2ª División se dirigía sobre Chorrillos por elcamino que va desde las casas de San Juan, adonde había llegado después de romper la primera línea enemiga. El resto de las fuerzas bajaba en ese momento al llano de Pamplona, cerca de las casas de San Juan, en donde V.S. me ordenó reunirlas y organizarlas convenientemente para continuar el ataque.

De paso haré notar aquí que esta pampa se encontraba materialmente sembrada de bombas automáticas que nos causaron en aquel momento sensibles bajas, estallando un gran número bajo los pies de nuestros soldados.

En pocos momentos nuestras fuerzas estrecharon al enemigo y el fuego recomenzó más nutrido que en los anteriores combates parciales, como que ahora las tropas peruanas se hallaban reconcentradas en un reducido espacio de terreno. La fusilería y el cañoneo se mantuvieron durante algunas horas, de una y otra parte, con extraordinario vigor. El enemigo, acorralado en sus últimos atrincheramientos, cortada su línea de retirada y encerrado en un círculo de fuego, hacia supremos y deseperados esfuerzos de resistencia. Quedábanle aún sus mejores posiciones y una parte considerable de sus fuerzas.

Como a las 9.30 A.M., recibí por condcuto del teniente Walker, del Estado Mayor General, agregado a la 1ª División por ese día, aviso del coronel Lynch de encontrarse sus fuerzas muy diezmadas por el largo y reñido combate, en vista de lo cual pedía refuerzos con urgencia.

Inmediatamente se ordenó al coronel don Pedro Lagos que marchase a reforzarle con una brigada de la División de su mando, lo que ejecutó en el acto, llevando por aquel lado los cuerpos de infantería de la 2ª Brigada que mandaba el comandante Barceló.

Al mismo tiempo se ordenó al Jefe de Estado Mayor de la División, hiciera avanzar la Brigada Urriola con la artillería de montaña por el camino de San Juan a Chorrillos, en apoyo de la Brigada Gana; y por el mismo camino se dispuso siguieran las baterías de campaña que allí se encontraban.

Detrás de estas fuerzas siguió pronto la Brigada Barbosa, quedando la caballería en San Juan, en observación de los refuerzos que pudieran venir al enemigo del lado de Tebes y Monterrico.

El fuego arreciaba más y más. La 1ª División embestía con nuevo y más vigoroso ímpetu las posiciones del Morro, mientras que los regimientos de la reserva, Zapadores y Valparaíso, trapaban flanqueándolas por las faldas del norte; y los batallones de la 3ª subían a paso de carga las empinadas crestas, apoyando a las fuerzas de la 1ª. El enemigo, arrojado de posición en posición y de fuerte en fuerte, dejando en cada punto las sangrientas huellas de su porfiada resistencia, llegó con sus restos mutilados y deshechos hasta las lomas de la Punta de Chorrillos, que en aquel momento barrían ya las granadas de nuestras baterías ce campaña convenientemente situadas en la llanura.

Pero aquí también, acosado de cerca por nuestra infantería y hallando cortada la retirada hacia la población por algunos cuerpos que la interceptaron, sus despedazados batallones se rindieron al fin, después de una corta refriega en aquel punto, cayendo en nuestro poder un considerable número de prisioneros.

Mientras que tenía lugar aquel combate en las alturas, en la población se desarrollaba al mismo tiempo otro no menos reñido por ambas partes. Fuerzas de infantería de las distintas divisiones, al mando de sus respectivos jefes y oficiales, y artillería, atacaban a las tropas peruanas atrincheradas en el pueblo, que hacían vivísimos fuegos desde los terrados de las casas y desde sus puertas y ventanas. Este combate en las calles fue obstinado y sin cuartel, que los combatientes de uno y otro lado no daban ni pedían. Nuestros arrojados e invencibles infantes que tenían que entrar por las calles, en donde a cada paso eran recibidos por granizadas de balas que partían de diversos puntos, los que inmediatamente atacaban a fuego y bayoneta hasta exterminar a los porfiados grupos enemigos. En medio del ardor de la pelea, las granadas de nuestra artillería, prendieron fuego a la población y el incendio cundió rápidamente, envolviendo a los defensores de la plaza entre torbellinos de humo y de llamas.

Muchos morían así calcinados entre los escombros de los edificios; y los demás, acosados de manzana en manzana y de casa en casa, eran ultimados por las bayonetas de nuestros infantes. Algunas tropas enemigas que llegaron en la última hora, en un tren de Miraflores, que conducía carros blindados armados de cañones y que hacían un nutrido fuego, tuvieron que huir también apresuradamente, al encontrar tomada la plaza y al recibir las descargas de nuestra artillería e infantería.

A las 2 P.M. la batalla había terminado por completo, quedando el pueblo sembrado de cadáveres, tanto en las calles como en el interior de las casas, y ofreciendo el conjunto un cuadro de sangre y de horrores ennegrecido por el humo e iluminado a trechos por la siniestra y rojiza luz del incendio.

Era ya necesario ocuparse activamente en establecer el campamento de las tropas a fin de darles un descanso, que se hacía indispensable después de una noche de marcha por arenales y de nueve horas de reñido combate, atacando al asalto cerros que parecían inexpugnables, y a fin también de reunir mucha gente que andaba dispersa por el valle y la población, lo que no se había podido evitar a causa de la naturaleza y grande extensión del terreno en que la batalla había tenido lugar. La victoria era espléndida pero sangrienta, y había necesidad de atender al cuidado y curación de muchos heridos que yacían tendidos en el campo, sin más auxilios inmediatos que los que de paso y con escasos elementos para un trabajo tan extraordinario podían prestarles nuestras ambulanciassobre el campo mismo.

La 1ª División acampó junto a la población de Chorrillos, al pie del Morro Solar; la 2ª y 3ª, caballería y artillería, se distribuyeron convenientemente en los potreros que hay entre la población y San Juan.

Las ambulancias establecieron dos hospitales: uno en la hacienda de San Juan y otro en Chorrillos, en el edificio de la Escuela de Cabos.

Así pasó la noche del 13. El 14 por la mañana ordenó V.S. que la 1ª División se colocase a vanguardia de Chorrillos, en los potreros que quedan a la izquierda de la línea férrea, y la 3ª un poco más avanzada que aquella, a la entrada del pueblo de Barranco. Este movimiento, que debía seguir el resto del ejército, tenía por objeto amagar en su campo atrincherado de Miraflores al enemigo que trataba de reunir allí a toda prisa, no sólo los restos de los batallones vencidos en Chorrillos y San Juan, sino también las guarniciones del Callao y Lima y las fuerzas de su ejército de reserva que se hallaban diseminadas por las haciendas del vale de Surco arriba, hasta los alrededores de Ate. Pero como desde la mañana comenzara el Cuerpo Diplomático extranjero a intervenir entre ambos beligerantes, con el propósito de evitar mayor efusión de sangre y las desgracias que una batalla a las puertas de Lima podría acarrear sobre esta capital, el movimiento ofensivo de nuestro ejército se paralizó en este punto, a fin de dar tiempo a que se establecieran, si ello era posible, algunos preliminares de avenimiento, a los cuales el enemigo parecía dispuesto a diferir.

Después de varias conferencias habidas el 14 y en la mañana del 15, se arribó a un ligero armisticio de algunas horas, que debía durar hasta las 12 P.M. del día 15; pero bajo la condición de que nuestro ejército, sin atacar al enemigo durante el plazo convenido, podría, no obstante, continuar su movimiento comenzado y desarrollar su línea de operaciones dentro del campo que dominaba.

En virtud de este pacto, V.S. en persona, acompañado del Estado Mayor General, se adelantó poco después del mediodía, para reconocer el campo donde debía tenderse la línea de nuestras posiciones. Ya de antemano se había impartido órdenes a la 3ª División y a la artillería de campaña para que se establecieran delante del pueblo de Barranco, apoyando la 3ª División su costado izquierdo a la barranca que cae al mar.

El ejército peruano se encontraba fuertemente establecido en el campo atrincherado de Miraflores, apoyando su derecha al mar y extendiéndose hacia su izquierda como cinco o seis kilómetros en dirección a Monterrico Chico, donde tenía posiciones artilladas con cañones de grueso calibre. Toda la línea formaba un cordón no interrumpido de trincheras, hechas de los tapiales de cierro de campo, aspillerados en toda su extensión para que la infantería pudiese disparar sin ser vista y apoyados fuertemente por formidables reductos guarnecidos por artillería e infantería y situados de distancia en distancia, a 1.000 metros, más o menos, uno de otro de derecha a izquierda. Estos atrincheramientos estaban además defendidos por anchas y profundas zanjas que impedían el acceso a las trincheras, sin contar todavía con las minas automáticas que aquí, como en el campo de Chorrillos, cubrían el frente, flancos y retaguardia de la posición.

Finalmente, apoyaban también aquel campo atrincherado nla batería de costa de Miraflores, situada un poco a vanguardia de la población del lado del mar, y las baterías altas de los cerros de Monterrico, Valdivieso, San Bartolomé y San Cristóbal, todos armados con gruesos cañones de largo alcance, cuyos fuegos dominaban la campiña en toda su extensión.

Aún cuando desde la mañana se había notado en el campo peruano ciertos movimientos extraños, que parecían indicar la preparación de un próximo ataque, no era posible suponerlo siquiera, estando, como estábamos, bajo la fe de un convenio acordado con la respetable intervención de los representantes de las potencias neutrales y garantizado por la palabra empeñada ante ellos de no romper las hostilidades hasta después de las 12 P.M. de aquel día, si es que antes de esa hora no hubiera podido arribarse a ningún arreglo.

Se había visto moverse en el campo enemigo gruesas masas de tropas de un lado a otro. Se había notado que el ala derecha peruana avanzaba hasta ponerse en son de combate muy cerca de nuestra línea. Se había observado diversos trenes que llegaban del lado de Lima, conduciendo considerables refuerzos. Pero todos estos movimientos que en realidad eran los preliminares que hacían presumir una gran batalla próxima, se habían atribuido al natural empeño del enemigo de prepararse para el combate del siguiente día, en el caso de que las negociaciones entabladas no dieran resultado, o bien sólo a una maliciosa ostentación de fuerzas y de posiciones formidables para obtener ventajas en el ajuste de las condiciones del pacto preliminar de que se trataba.

Era tal la confianza que a este respecto dominaba los ánimos en el campo chileno, que ni siquiera se creyó necesario avanzar nuestra línea marchando en orden de batalla. Podíamos bien avanzar desde Chorrillos en tres o más columnas paralelas, listas para desplegar en un caso dado y en cualquier punto de la marcha, aprovechando diversas rutas que convergían al campo elegido para desarrollar la nueva línea. Pero el pacto acordado nos ahorraba los inconvenientes y dificultades inherentes a aquella maniobra, y se dispuso que las divisiones marchasen sucesivamente, siguiendo el camino real de Chorrillos a Miraflores.

Desde la mañana, la artillería de campaña avanzó a establecerse en las cercanías del pueblo de Barranco. Poco después, a las 12 M., comenzaban a entrar en línea los cuerpos de la 3ª División, situándose a vanguardia de la artillería, con la izquierda apoyada a la barranca del mar. La 1ª División, que debía formar el centro del orden de batalla, extendiéndose sobre la derecha de la 3ª, se había puesto en movimiento y se hallaba en desfilada por el camino real. La 2ª, que debía formar el ala derecha, se encontraba aún en Chorrillos lista para marchar.

La caballería se había avanzado por el camino de la vía férrea hasta las goteras del pueblo de Barranco, adonde también había llegado la reserva.

Eran ya las 2 P.M. V.S., acompañado del Estado Mayor General, se había avanzado hacia la derecha de la 3ª División con el objeto de determinar la situación que debía ocupar la 1ª, cuando de repente, sin que nadie preludiase ni pudiera justificar un acto semejante, la línea peruana rompió en un vivísimo fuego de infantería y artillería. Un verdadero granizo de balas de rifle y una lluvia de proyectiles de cañón, lanzados de todos los reductos y fuertes artillados, cubrió a los escasos batallones de la 3ª y a las baterías de artillería que a esa hora se encontraban en formación; y sólo la disciplina y serenidad de nuestros soldados, así como la bravura de sus jefes y oficiales, pudieron evitar que en aquel momento de sorpresa se produjeran el pánico y el desórden que eran consiguientes, y sobre los cuales contaba sin duda alguna el enemigo para alcanzar una fácil aunque bochornosa victoria.

Y tales fueron el aplomo y sangre fría de nuestras tropas en aquel supremo instante, que los jefes de los cuerpos que estaban formados, creyendo que aquel fuego de la línea enemiga debía ser efecto de alguna equivocación momentánea y que no debía durar, ordenaron a sus soldados no contestarlos y aún hicieron cesar el de algunas compañías que ya lo habían comenzado.

Pero como el fuego del enemigo arreciara más y más, haciendo en nuestras filas sensibles bajas, sin que aquello llevara visos de terminar, fue preciso recoger el guante que se nos arrojaba, y nuestra línea rompió sus fuegos con la precisión y denuedo característicos de nuestros valientes soldados.

Formada ya completamente en línea la 3ª División, y como la 1ª no llegase todavía, se ordenó que entraran a reforzar a aquella los regimientos de infantería de la reserva, que se hallaban más a mano, sirviendo de sostén a la artillería de campaña. Con este refuerzo, nuestra ala izquierda quedaba bastante sólida y fuerte para resistir a las embestidas que el enemigo pudiera tentar por ese lado, y aún para tomar la ofensiva tan pronto como llegara el momento de hacerlo.

Se mandó al mismo tiempo acelerar la marcha de la 1ª División, aumentada ese día con el Batallón Quillota, que recién llegaba de Pisco; aunque, por otra parte, se le había segregado el Batallón Melipilla, el Regimiento Artillería de Marina y la brigada de artillería de montaña, que emprendieron un largo rodeo por retaguardia para llegar a la derecha de nuestra línea, sin alcanzar a verificarlo. Sólo la brigada de artillería de montaña pudo desde una posición distante de la línea arrojar sobre la izquierda enemiga algunas certeras granadas al final de la acción.

Desde el principio del combate el enemigo hacía los más poderosos y visibles esfuerzos para envolvernos por el costado derecho aún descubierto; y, a decir verdad, si lo hubiera conseguido, la faz de la acción habría cambiado notablemente.

A fin de parar este golpe, se mandó orden a la caballería de avanzar por aquel costado y cargar a las fuerzas peruanas que comenzaban a salir al llano.

Se envió igualmente orden a la 2ª Brigada de la 2ª División, que se encontraba adelante de San Juan, para que avanzara, a fin de servir de apoyo y sostén a nuestra derecha. Entre tanto, la 3ª División, aunque incompleta, por haber dejado de guarnición en Chorrillos al Batallón Bulnes, y aunque abrumada por el fuego de un enemigo muy superior en número y ventajosamente colocado, mantenía en la izquierda vigorosamente el combate.

Prestaban también una eficaz ayuda los cañones de la escuadra, que desde el principio de la acción batían de enfilada las fuertes posiciones del ala derecha peruana.

Eran un poco más de las 3 P.M. cuando los primeros batallones de la División Lynch comenzaban a entrar en línea bajo un mortífero fuego y cerraban valientemente contra el centro de la posición enemiga.

A esa hora la derecha peruana empezó a ceder. Sus tropas, agobiadas por un largo y rudo ataque de frente y flanco y privadas ya del auxilio que durante la primera parte de la jornada les dieran los fuegos del centro de su línea, aflojaban notablemente. El momento decisivo se acercaba y no había tiempo que perder. Nuestra derecha estaba ya sólidamente apoyada por las fuerzas de la 1ª División y los regimientos de caballería que escaramuceaban ya por aquel campo, ahuyentando a la caballería enemiga y teniendo a raya a la infantería detrás de sus trincheras.

En el acto el coronel don Pedro Lagos lanzó adelante a los regimientos Concepción y Santiago y al Batallón Caupolicán, los que se precipitaron con decisión sobre la primera línea de atrincheramientos, arrojando de allí al enemigo a bala y bayoneta y apoderándose de todo el extremo derecho de aquella importante posición.

Antes de que las fuerzas del ala derecha peruana se repusieran del estupor y desconcierto consiguiente a aquella audaz e inopinada carga, todo el resto de la 3ª División y los cuerpos de la reserva se lanzaron al ataque de la posición enemiga, la que en poco rato barrieron por completo, sembrando la muerte en las filas peruanas y adueñándose de todo el terreno que ocupaba el ala derecha, hasta la población de Miraflores.

Eran las 4.30 P.M. y ya el fiel de la victoria se inclinaba decididamente del lado de nuestras armas.

Bien pronto nuestras fuerzas vencedoras en Miraflores envolvieron por el flanco derecho al grueso del ejército enemigo, mientras que los batallones de la 1ª División se lanzaban al ataque por el frente con ese empuje de que tantas y tan espléndidas pruebas habían sabido dar en la gloriosa jornada del día 13.

En vano fue que el enemigo aglomerase allí sus más disciplinadas tropas, resuelto a hacer pie firme y a oponer una última y deseperada resistencia; en vano que apelase al extremo recurso de hacer estallar numerosas minas. No había esfuerzo que fuera bastante a detener el ímpetu de nuestros infantes lanzados ya al sendero del triunfo.

El centro del enemigo fue arrollado y deshecho en breve rato, siguiendo poco después igual suerte el ala izquierda.

A las 6 P.M. todo el campo de batalla era nuestro y los restos dispersos del ejército peruano corrían a la desbandada por la llanura, en la más completa y desordenada fuga, disolviéndose en aquella decisiva jornada para no volver a rehacerse.

Este día, como el 13 en Chorrillos, el tren de los carros blindados llegó después de la acción haciendo fuego de artillería sobre nuestras tropas; pero algunos disparos de nuestros cañones bastaron para ahuyentarlos.

Terminada la batalla, se ordenó al Jefe de la 1ª División, que había avanzado en persecución de los fugitivos, reuniera sus fuerzas y acampase aquella noche en la pampa denominada de Miraflores, como tres cuartos de legua distante de la hacienda de Monterrico Chico. La 3ª alojó en el pueblo de Miraflores, y la 2ª a retaguardia en el campo que durante la acción había ocupado nuestra línea de combate.

La jornada había sido ruda y sangrienta y costaba al enemigo la pérdida de los últimos restos de su poder militar. Casi todo su material de guerra estaba en nuestro poder, su ejército disuelto, su capital indefensa y a discreción del vencedor.

El día 16, el alcalde municipal de Lima pactó con V.S. la entrega incondicional de la ciudad, que fue ocupada al día siguiente por los regimientos Buín 1º de Línea, Zapadores, Batallón Bulnes, una brigada de artillería de campaña y los regimientos de caballería Carabineros de Yungay y Cazadores a caballo, a las órdenes del señor General Saavedra.

El 18 por la mañana la 1ª División se dirigió al Callao, y el mismo día entró V.S. con el Estado Mayor General a la capital, siguiéndole sucesivamente las demás tropas del ejército.

Cábeme ahora, señor General en Jefe, la honrosa y grata satisfacción de recomendar ante V.S., ante el Supremo Gobierno y el país, el digno, valiente y noble comportamiento de todos los buenos hijos de Chile que han formado parte de este ejército, que tan inmarcesibles glorias ha sabido dar a nuestra amada patria. Todos ellos, jefes, oficiales y soldados han cumplido con su deber y se han hecho acreedores a la consideración del generoso pueblo que quiso confiar a sus robustos brazos la defensa de sus derechos.

Fuertes y sufridos en las marchas, pacientes y resignados en las privaciones del campamento, serenos y bravos en el campo de batalla, prudentes y modestos después de la victoria, su valor, su moralidad, su disciplina, son para nuestro caro Chile otros tantos timbres de legítimo orgullo y de gloria sin mancilla.

Grandes y dolorosas pérdidas nos cuesta el triunfo: el coronel Martínez, los comandantes Yávar, Souper, Zañartu, Marchant y Silva Renard; los sargentos mayores Zoraindo y Jiménez; el teniente, segundo ayudante de Estado Mayor General don Ricardo Walker, y muchos otros valientes oficiales y soldados, regaron con su sangre los campos de tan brillantes victorias.

Espero que la gratitud nacional, para la cual han conquistado tan brillantes títulos con su gloriosa muerte, sabrá pagar, ya que a ellos es imposible, a sus más inmediatos deudos, la generosa sangre que vertieron noble y valientemente por la causa de Chile.

Entre los heridos tenemos también muchos distinguidos y notables jefes, como el coronel Toro Herrera, los comandantes Barceló, Funezalida, Dublé, Cortés, Soto, Pinto Agüero y otros que han caido como buenos en el campo cumpliendo con su deber.

Tanto de los señores jefes, oficiales y soldados muertos y heridos en estos dos memorables combates adjunto a V.S. listas por separado.

Aunque la infantería ha sido el alma del ejército, la que con su incomparable arrojo nos ha dado tan grandes triunfos, escalando los elevados cerros, cargando en la llanura, asaltando trincheras y reductos, barriendo al enemigo en todas partes y regando con torrentes de su sangre generosa el campo de sus propias glorias, creo que debo también una palabra de felicitación a las armas especiales y cuerpos auxiliares, que cada cual en su esfera de acción, han sabido prestarle eficaz ayuda en el momento oportuno.

La artillería ha sabido corresponder bien a las expectativas que se fundaban en su poderoso contingente y a los sacrificios que el país ha hecho para dotarla con el valioso material que posee. En Chorrillos y en Miraflores, las baterías de montaña del comandante González y mayor Herrera del Regimiento número 1, las de los mayores Gana y Jarpa del número 2, las baterías de campaña de ambos regimientos, mandados personalmente por sus respectivos comandantes, señores Wood y Novoa, y en general todas las secciones de esta arma han contribuido eficazmente con sus certeros fuegos al éxito alcanzado.

La caballería ha prestado durante la campaña los más importantes servicios, ocupada incesantemente en avanzadas, reconocimientos y todo género de operaciones militares. En el campo de batalla se ha distinguido por su bravura, probando con sus brillantes cargas que a pesar de los modernos perfeccionamientos introducidos en el arma de infantería, puede siempre el sable de la caballería dar golpes decisivos en ciertos momentos del combate.

El cuerpo de Zapadores se ha hecho acreedor a especial recomendación por los muchos e importantes trabajos ejecutados durante la campaña, ya en los desembarcos, ya en la construcción de caminos, puentes y otras obras.

La marinería de la escuadra ha prestado también muy oportunos servicios en los trabajos de embarque y desembarque de las tropas, hábilmente dirigidos por el capitán de fragata don B. Campillo, jefe de transportes. En general, nuestra marina nos ha auxiliado muy eficazmente, no sólo en la conducción de las tropas, sino también en los combates, adquiriendo con estos servicios nuevos y justos títulos a la gratitud nacional.

Me permito también recomendar a V.S. al cuerpo de ayudantes de este Estado Mayor General, compuesto como sigue: efectivos: ayudante general y secretario, teniente coronel don Adolfo Silva V.; primeros ayudantes, tenientes coroneles don Waldo Díaz G. y don Ambrosio Letelier; los sargentos mayores don José Manuel Borgoño, don Francisco J. Zelaya, don Florentino Pantoja y don Francisco Villagrán; los segundos ayudantes, sargentos mayores graduados, don Juan José Herreros y don Fidel Urrutia, y los capitanes don José Agustín Barros Merino, don A. Cruz V., don Enrique Munizaga, don Manuel H. Maturana, don Santiago Herrera, don Alberto Gándara y don Enrique Tagle C.; los tenientes don J. Agustín Benítez, don José Santiago Peñailillo y don Ricardo Walker Martínez; agregados coronel graduado don José A. Bustamante; teniente coronel don Hilario Bouquett; los sargentos mayores don Daniel Silva V. y don Gabriel Álamos; los capitanes don Manuel Romero, don J. Agustín Zelaya, don R. MacCutcheon, don Augusto Orrego, don Juan de la Cruz Saavedra y don Pedro N. Letelier; teniente don Diego Miller; los subtenientes don Eduardo Hurtado y don Luis Silva M., y el capitán don Eleodoro Guzmán, que se puso a las órdenes del Estado Mayor al principiar la batalla de Chorrillos, han desempeñado todos, a mi entera satisfacción, los trabajos y comisiones que les he confiado durante la campaña y han prestado sus servicios con inteligencia y serenidad en el campo de batalla.

Creo también justo hacer mención aquí de los señores oficiales de las escuadras extranjeras, que nos han acompañado en esa cruda y penosa jornada, compartiendo con nosotros las privaciones inherentes a la vida de campaña, y expuestos como los demás a los peligros de la batalla, aunque sin tomar en ella ninguna parte por su condición de neutrales. Son estos los señores don W. Mullan, capitán de corbeta de la marina norteamericana; Williams A. Acland, capitán de fragata de la marina inglesa; E. L'Lean, teniente de navío de la marina francesa, y Eppicio Ghighoth, teniente de navío de la marina italiana.

El importante servicio de los parques, a cargo del teniente coronel don Raimundo Ancieta y del sargento mayor don Exequiel Fuentes, ha sido desempeñado, tanto en el Paque General como en los divisionarios, con tan notable oportunidad en cada caso, que me hago un deber en recomendar como se merece la digna conducta de los jefes y oficiales que lo han dirigido.

Respecto a la conducción general de bagajes, a cargo del teniente coronel de guardiias nacionales don Francisco Bascuñán A., teniendo que atender con precisión y exactitud a las mil diferentes necesidades de un numeroso ejército, en territorio enemigo, desconocido y escaso de recursos, este servicio, no obstante, ha sabido bastar con notable expedición a todas las exigencias, antes de la batalla y en el campo mismo de la acción y del combate. Sus jefes, oficiales y empleados se han hecho por ello acreedores a una recomendación especial.

Desde el principio del combate nuestras ambulancias, hábilmente dirigidas y servidas, formaban detrás de la fila de los combatientes una segunda línea tan movible como aquella y que seguía sus pasos y maniobras en medio del fuego, recogiendo los heridos, atendiéndolos y curándolos sobre el mismo campo. Era un segundo ejército de caridad, armado de hilas y vendajes, que iba paso a paso con admirable orden y precisión, batiéndose contra la destrucción y la muerte, atacando con vigor y destreza la obra siempre brutal del plomo y del hierro.

Nuestras ambulancias no han dejado que desear en el campo de batalla; y luego, cuando la pelea había pasado, cuando las tropas se habían retirado a reposar de las fatigas de la jornada, ellos, los valientes soldados de la caridad, no han sentido la necesidad de tomar descanso; bien al contrario, han redoblado sus generosos esfuerzos en el día y en la noche, sin comer y sin dormir, hasta dejar concluida la santa y noble misión de recoger a los hospitales fijos los millares de heridos que reclamaban su oportuno auxilio.

V.S. y el ejército entero son testigos de la obra extraordinaria realizada por nuestro cuerpo de cirujanos, tan hábil y acertadamente dirigido por su distinguido jefe, el doctor don Ramón Allende Padín. No hay peligro que no hayan arrastrado en la batalla; no hay dificultades que no hayan sabido vencer, no hay fatigas y privaciones que no hayan soportado para cumplir dignamente con la elevada misión de humanidad que se habían impuesto.

El cuerpo de capellanes, dirigido por su inmediato jefe don Florencio Fontecilla, ha cumplido satisfactoriamente con el noble deber que le imponen las augustas funciones de su ministerio. En el campo de batalla y en las ambulancias, el sacerdocio que compone este respetable cuerpo, se ha distinguido por el celo y abnegación con que ha atendido a los numerosos heridos y enfermos de nuestro ejército.

Los servicios de la Intendencia General del Ejército han estado a las alturas de las circunstancias y de las necesidades de la situación; habiendo tenido que vencer en muchos casos verdaderas dificultades para atender a las múltiples y extraordinarias exigencias de un ejército como el nuestro, que expedicionaba a tan larga distancia de sus bases de operaciones y de recursos.

Es así, señor General en Jefe, como este ejército, compuesto de soldados tan valientes y de ciudadanos tan abnegados, ha podido llegar a dar cima a la empresa que el país había confiado a su patriotismo, y cómo ha podido alcanzar al término de la jornada sin dar nunca un paso atrás, sin flaquear un momento, y marchando siempre de victoria en victoria, contra un ejército de 35.000 hombres.

Dios guarde a V.S.
MARCOS 2º MATURANA

Al señor General en Jefe del ejército de operaciones del Norte.
*************
Saludos
Jonatan Saona

1 comentario :

Raúl Olmedo D. dijo...

El parte abarca el conjunto con razonable amplitud, y - atendiendo la cultura de la época - se encuentra bastante bien redactado.
Es encomiable que Maturana reconozca el valor y empuje del enemigo, que causó tan graves bajas en las filas chilenas. No es común que esas virtudes del adversario sean hechas constar en plena guerra.
No obstante, el Jefe del Estado Mayor del E.CH. omite informar sobre la ingesta alcohólica y excesos cometidos por la tropa chilena en Chorrillos en la noche del 13 al 14 de enero de 1881. Hay constancia de que la tropa de varias unidades - bien identificadas - participaron en la zarabanda que pudo poner en riesgo la seguridad de todo el Ejército.
No hay soldado sobreviviente de esa jornada, y que haya escrito sobre ello, que no haga constar estos sucesos. Asimismo, los numerosos oficiales subalternos y jefes que escribieron sobre el caso en sus memorias, e incluso en sus partes oficiales.
Y por supuesto, todos los observadores extranjeros presentes en la jornada bélica - y para eso eran observadores - se refieren a la gravísima indisciplina y actos vandálicos de esa tropa alzada.

¿ Y el general Maturana no se enteró de nada ?

Raúl Olmedo D.

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