martes, 3 de enero de 2012

Parte de Baquedano

GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO DE OPERACIONES DEL NORTE

Lima, Febrero 12 de 1881.
Señor Ministro:

Por comunicaciones telegráficas he puesto oportunamente en conocimiento de V.S. las diversas operaciones realizadas por el ejército de mi mando desde mi salida de Arica, el 14 de Diciembre del año próximo pasado, hasta las batallas de mediados de Enero último. V.S. conoce todo lo ocurrido, faltándole solamente imponerse de los detalles, que son los que me propongo consignar en esta nota, tomando por punto de partida para mi narración el día en que todo el ejército de operaciones estuvo reunido en el valle de Lurin.

V.S. sabe que en la costa elegida para el desembarque del ejército no hay puertos propiamente tales, sino pequeñas caletas desabrigadas que apenas se prestan para el comercio de contrabando. El desembarque de la infantería y caballería por esos puntos se hizo sin grandes dificultades; pero no sucedió lo mismo con la artillería, víveres, municiones y bagajes. Para la artillería de campaña hubo necesidad de buscar una caleta próxima al valle, porque el camino de Curayaco a Lurin es enteramente inadecuado para el tráfico de carruajes pesados. Las municiones, víveres y bagajes se acarrearon a lomo de mula desde la caleta de Curayaco, por no haber permitido el mar desembarcarlos mas cerca.

Naturalmente, esta doble operación fue demorosa y retardó mucho más de lo que yo pensaba el movimiento ofensivo del ejército.

No fue perdido, sin embargo, el tiempo de nuestra estadía en Lurin, porque ella me permitió adquirir los datos de que carecía hasta entonces sobre el número exacto de las fuerzas enemigas y sobre las posiciones que ocupaban. Acerca de ambos puntos no poseía a mi salida de Arica sino informaciones insuficientes para basar sobre ellas un plan de operaciones.

El primero de los reconocimientos se hizo por el lado del Oriente y sobre los caminos de la Cieneguilla y de Manchay, que llevan directamente al valle de Ate. Los oficiales que realizaron esta operación me informaron que el primero de los caminos nombrados era intransitable; que el segundo era un excelente camino carretero con algunos pasos angostos susceptibles de fácil defensa; que la travesía del valle era mala y que, siguiendo el camino de Manchay, no se encontraba agua en todo el trayecto desde el Lurin hasta mui cerca de las orillas del Surco. Posteriormente tuve oportunidad de verificar personalmente la exactitud de estos datos, haciendo con la mayor parte de los jefes un reconocimiento mas formal de las mismas localidades.

Objeto de iguales estudios fue el camino que corre cerca de la costa y paralelo a ella y que, pasando por Villa y San Juan, va a caer a Chorrillos. En tres ocasiones distintas hice, personalmente, reconocimientos por ese lado, acompañado de los jefes principales del ejército y llevando conmigo las fuerzas necesarias para obligar al enemigo a descubrir sus posiciones. También hice reconocer estas últimas por mar.

Estos estudios, y diversas averiguaciones de otra género, me permitieron establecer con cierta fijeza lo siguiente:

1º Que el ejército peruano había salido de Lima i ocupaba una línea fortificada que tenia su extrema derecha en Villa i su izquierda en Monterrico Chico;
2º Que las posiciones mas fuertes de esta línea eran las de Villa y San Juan, que interceptaban el paso a Chorrillos;
3º Que el ejército enemigo se componía de 30,000 hombres bien armados; y
4º Que diariamente se parapetaba mejor, construyendo fosos y trincheras de sacos de arena para resguardar los pasos mas accesibles entre las diversas alturas en que tenía colocada su línea.

En posesión de estos datos, me cumplía ya resolver por qué punto debería llevarse el ataque.

Siguiendo el camino de Manchay, se llegaba a atacar al enemigo por el flanco menos defendido y era posible interponerse entre la ciudad de Lima y el ejército que la defendía. Aparentemente era ésta la mejor operación estratéjica; pero el camino que había que recorrer para realizarla era el mas largo y exigía elementos de movilidad de que no disponíamos; nos alejaba mucho de la costa, haciéndonos perder el apoyo natural de nuestra escuadra i permitia al enemigo apoderarse de Lurin para hostilizarnos por retaguardia.

Siguiendo el camino de la costa teníamos, es verdad, que atacar de frente las posiciones mas fuertes de la línea enemiga; mas, en cambio, el camino que había que recorrer era corto, nos acercábamos a la costa, base necesaria de nuestras operaciones de nuestras operaciones i quedábamos con nuestra retaguardia segura.

Había aun una tercera operación, i era la de amenazar con una división por Chorrillos, mientras las otras dos llevaban el ataque efectivo por Monterico Chico. Indudablemente me habría decidido por ésta si hubiera contado con mayor número de fuerzas; pero me pareció ilusorio y peligroso pretender rodear a un enemigo superior en número, con fuerzas que divididas, se debilitaban considerablemente y no podían apoyarse en caso de necesidad, porque la distancia que debía separarlas era demasiado grande y el terreno en que habían de operar muy poco conocido.

Me decidí, pues, a atacar por Villa y San Juan con todo el ejército. Aunque mi resolución a este respecto era inquebrantable, después de hechos los estudios necesarios, guardando a algunas opiniones contrarias la debida deferencia, comuniqué mi plan a todos los jefes superiores del ejército, y tuve la satisfacción de obtener su unánime aportación.

Con esto, dí ya mis órdenes definitivas. Hice un último reconocimiento del terreno en que íbamos a operar con los señores jefes de división, a quienes señalé con toda fijeza los puntos que respectivamente debían atacar, y dispuse que la partida fuera a las 5 P.M. del día 12 de Enero para acampar cerca del enemigo, de manera que cayésemos sobre él con la primera luz de la madrugada del 13.

La 1ª División, mandada por el coronel don Patricio Lynch, debía atacar las posiciones de Villa. La 2ª, al mando del General de Brigada don Emilio Sotomayor, atacar las posiciones de San Juan. La 3ª, a las órdenes del coronel don Pedro Lagos, inclinándose mas al Oriente, debía impedir que el ala izquierda del ejército enemigo viniera en apoyo de su derecha, interceptándole el paso, y estar dispuesta para auxiliar a las otras en caso necesario. Formé una pequeña reserva de los regimientos 3º de línea, Zapadores y Valparaiso, que puse a las órdenes del teniente coronel don Arístides Martinez, para reforzar convenientemente los puntos mas débiles durante la batalla.

La marcha de las tropas se hizo en este orden: la 1ª División, siguiendo el camino de la costa; la 2ª marchando paralelamente con ésta mas hacia el Oriente; la 3ª a retaguardia de la 2ª; la reserva a retaguardia de la artillería de campaña. la caballería tuvo orden de salir a media noche de Lurin para encontrarse en su puesto al amanecer.

La marcha, favorecida por la luna llena, se hizo sin otro inconveniente que un ligero retraso de una parte de la artillería, motivado por lo arenoso de una sección del camino. A las 12 P.M., mas o menos, las divisiones ocupaban ya el lugar en que, según mis órdenes, debían acampar. Las fuerzas que iban a entrar en acción formaban un total de 23,129 hombres de las tres armas.

A las 3.30 A.M. del 13 la 1ª División se puso nuevamente en marcha para acercarse a las posiciones del enemigo, de las cuales la separaba una distancia de cinco kilómetros próximamente. A pesar de la oscuridad, aumentada por una densa neblina y de lo accidentado del terreno, la division, formada en línea de batalla y con sus guerrillas tendidas al frente, hizo esa larga marcha con tanto orden, que a las 5 todos los cuerpos que la formaban se hallaban simultáneamente en sus puestos.

A esa misma hora dio principio el combate por ese flanco, siendo el enemigo el primero en romper sus fuegos de artillería, ametralladoras y fusilería sobre nuestras tropas. Estas continuaron avanzando aun, sin contestarlos, hasta estrechar mas la distancia. Cuando ésta se redujo a 400 metros, se rompió también el fuego por nuestra parte y el combate se hizo general en toda nuestra ala izquierda.

Las primeras luces de la mañana hallaron a nuestras tropas trepando las alturas y mui cerca ya de las trincheras enemigas. La artillería pudo también principiar a funcionar sin riesgo de dañar a nuestros soldados. Los primeros morros y las primeras trincheras fueron desalojados en poco tiempo. Pero el enemigo ocupaba otras alturas y otros parapetos, desde los cuales seguía haciendo una resistencia tenaz. Contribuían a hacerla mayor los refuerzos que principiaban a llegarle del centro, a consecuencia de un atraso involuntario de la 2ª División que, no habiendo atacado, como estaba previsto, simultáneamente con la 1ª, dejó tiempo al enemigo para robustecer su ala derecha que principiaba a ser envuelta.

Comprendiendo que era indispensable completar las ventajas ya obtenidas, impidiendo que el ejército contrario tuviera tiempo de rehacerse, ordené a la reserva fuera en apoyo de la 1ª Division, lo que hizo con toda prontitud.

Como casi al mismo tiempo la 2ª División entraba en combate y aparecían por el Poniente el Regimiento Coquimbo y el Batallon Melipilla, destinados a atacar el flanco derecho de la línea peruana con el auxilio de la artillería de la escuadra, nuestras tropas cobraron nuevo vigor y el combate se hizo mas encarnizado.

La 1ª División siguió avanzando; se apoderó de los morros mas altos, donde la resistencia había sido mas porfiada, y llegó, salvando fosos y trincheras, hasta el pie del Morro Solar. En tres horas de sangrienta lucha, el enemigo perdió todas sus fuertes posiciones de la derecha, sus trincheras, sus cañones y un número considerable de sus mejores tropas. Los regimientos 4º i 2º de línea y los movilizados Talca, Chacabuco y Atacama se distinguieron especialmente en esta parte de la jornada por su empuje y arrojo.

La 2ª División, como dejo dicho, sufrió al emprender su marcha al amanecer del 13, un extravío causado por la densa oscuridad de la mañana y que no le permitió entrar en acción con toda la precisión deseable. Sin embargo, cuando pudo con la claridad del alba reconocer el terreno, inició el combate por su parte con un entusiasmo y orden dignos de todo elogio. Sin detenerse un instante, las tropas de esa División desalojaron al enemigo de todas sus posiciones fuertes i completaron su derrota, iniciada por la 1ª en nuestra ala izquierda.

Se hicieron notar aquí el Regimiento Buin 1º de línea, que llegó a las trincheras casi sin disparar un tiro para tomarlas a la bayoneta, y los regimientos Esmeralda y Chillan. El Lautaro tuvo también su buena y honrosa parte en la jornada.

A la 3ª División, así como pudo tocarle en suerte lo mas rudo de esta parte de la batalla, le cupo solamente desempeñar un papel relativamente secundario. Las compañias guerrilleras del Santiago y una del Batallón Naval fueron las únicas que se foguearon, batiendo denodadamente a los enemigos que hallaron a su paso.

La gran batalla pudo considerarse terminada a las 9 A.M. con la derrota mas completa del poderoso ejército enemigo. Y como la jornada había sido fatigosa, por cuanto aquellas cuatro horas fueron de combate reñido i de marcha forzada, trepando alturas arenosas y de fuerte declive, muchos de los cuerpos que habían sostenido la acción se dieron algunos momentos de descanso.

La caballería, a la que dí la orden de perseguir a los fujitivos, iba a completar la obra con una brillante carga de los regimientos de Granaderos y Carabineros de Yungai, que dejaron sembrado el campo de cadáveres de enemigos en una considerable extensión, y sin que los obstáculos que les oponía el terreno pudieran detener su empuje.

Mas, entre tanto, se concentraban en el Morro Solar y en el pueblo de Chorrillos muchos de los derrotados de Villa y de San Juan, hasta formar un cuerpo de tropas respetable.

El coronel Lynch, que avanzaba con fuerzas escasas de su fatigada División por el Morro, no creyó en un principio, porque el enemigo se ocultaba del lado del mar, que él fuera tan numeroso.

Así, cuando vio que lo era y que ocupaba magníficas posiciones defendidas por artillería de grueso calibre, se detuvo mientras se le enviaban los refuerzos que pidió. Dispuse, en consecuencia, que dos regimientos de la reserva general, que ya se le habían separado, volvieran a reunírsele, mientras que la 2ª División, con sus tropas mas frescas, marchaba a posesionarse del pueblo. La 3ª fue llamada también con el objeto de prestar apoyo a las otras.

Esta parte de la acción fue un largo y fatigoso tiroteo en que se distinguió principalmente nuestra artillería, que batió los fuertes del Morro con una certeza admirable de punterías. Otras tropas de la 2ª División habían sido destinadas a cortar los refuerzos que venían de Lima por ferrocarril.

A las 2 P.M., el pueblo y el Morro estuvieron en nuestro poder. La resistencia en Chorrillos le fue fatal porque ella trajo consigo el incendio que lo arrasó casi en su totalidad.

La tarde de ese día fue necesario consagrarla al descanso de las tropas y el siguiente a su reorganización y a recoger e instalar convenientemente a nuestros heridos. Tanto mas necesario era este doble trabajo, cuanto que parecía probable que hubiese necesidad de dar una segunda batalla contra el ejército de reserva y los restos del derrotado en Chorrillos. Efectivamente, se sabia que, partiendo del pueblo de Miraflores y siguiendo en dirección al cerro de San Bartolomé, había una segunda línea de defensa bien artillada y fortificada, y era de presumir que allí quisiera el Jefe Supremo del Perú jugar la última partida.

Mas, con el propósito de evitar mayor derramamiento de sangre, se envió al señor Piérola, en la mañana del 14, un parlamentario para invitarlo a oír proposiciones en ese sentido. Llevó ese encargo el señor don Isidoro Errázuriz, secretario del señor Ministro de la Guerra, y le acompañó como introductor, a quien se guardarían consideraciones de deferencia, el señor Miguel Iglesias, Secretario de la dictadura en el departamento de la Guerra y nuestro prisionero. El señor Piérola se negó a recibir a nuestro parlamentario, declarando que estaba dispuesto a oir las proposiciones que le llevase a su campamento un Ministro que tuviera los plenos poderes necesarios para tratar.

Semejante desconocimiento de la generosidad de nuestros propósitos y ese jactancioso alarde de orgullo tan impropio de un vencido, me hicieron comprender que debía apelar nuevamente a las decisiones de la fuerza.

Ya en la mañana había recorrido una parte del campo probable de las nuevas operaciones, y en el resto del día completé mis reconocimientos. El plan que me formé se reducía a amagar al enemigo por el frente con la 1ª División, a atacarlo por su flanco izquierdo y un poco a retaguardia con la 3ª Division, que no había sufrido sino muy pocas pérdidas en la batalla del 13, y a batir sus posiciones de enfilada por su derecha con la artillería de la escuadra y por su izquierda con nuestra artillería rodante. Para ese efecto me puse de acuerdo con el señor Contra-Almirante Riveros, a quien pedí que rompiera sus fuegos apenas se iniciara el combate en tierra, y ordené al coronel Velasquez, Comandante General de Artillería, que buscase para nuestros cañones las posiciones menos desventajosas, ya que era imposible encontrarlas buenas en un terreno plano ycortado a cada paso por arboledas i tapias.

Preparado así para el ataque, que debía tener lugar poco antes de las 12 M. del 15, recibí como a la media noche del 14 una comunicacion del señor Decano del Cuerpo Diplomático residente en Lima, en la que se me anunciaba que él i los señores ministros de Francia e Inglaterra habían recibido de sus honorables colegas el encargo de acercárseme para tratar de un asunto urgente e importante, y me pedían les fijase una hora para pasar a mi campamento a desempeñar su comisión. Siendo la hora ya tan avanzada, designé para la conferencia las 7 A.M. del dia 15.

Presentáronseme efectivamente a esa hora los tres señores ministros nombrados, asistiendo por nuestra parte a la conferencia el señor Ministro de la Guerra en campaña, el señor don Eulojio Altamirano, Plenipotenciario nombrado para entender en las negociaciones de paz,el señor don Joaquin Godoi, Plenipotenciario de Chile en el Ecuador, y mi secretario don Máximo R. Lira.

Habiéndome manifestado los señores ministros que su propósito era pedirme garantías para los muchos y valiosos intereses extranjeros radicados en Lima, lo mismo que para las personas de los neutrales, les ofrecí todas aquellas que no obstasen al ejercicio legitimo de los derechos de un beligerante y siempre que el Gobierno del Perú no hiciese de la capital centro de resistencia, negándome, si esto último sucedía, a conceder plazo alguno para romper las hostilidades.

En el curso de la conferencia insinuaron los mismos señores ministros la idea de que tal vez les seria fácil inducir al Gobierno peruano a abrir negociaciones de paz, si les indicaba cuáles serian nuestras exigencias anteriores a las negociaciones y si les daba un plazo para conferenciar con el Dictador. Haciendo a un lado toda idea de mediación, que se declaró inaceptable, se les contestó que los plenipotenciarios chilenos estarían dispuestos a entablar negociaciones después de entregado a nuestro ejército incondicionalmente el puerto del Callao. El plazo pedido para conocer el resultado de las gestiones oficiales de los señores ministros extranjeros quise limitarlo hasta las 2 P.M. de ese mismo día; pero al fin, por deferencia, accedí a ampliarlo hasta las 12 P.M. Mi compromiso se redujo a no romper los fuegos antes de esa hora, pudiendo sí, puesto que aquello no era un armisticio pactado regularmente, hacer los movimientos de tropas que juzgara oportunos. Idéntico compromiso contraería el Jefe de las fuerzas peruanas.

Aunque, merced a este Pacto, podía disponer del dia entero para dar colocación a mis tropas, quise verificar esta operación como si la batalla no estuviera aplazada. La 3ª División, que acampó el 14 al Sur del pueblo de Barranco con orden de tender su línea en la madrugada del 15 al Norte del mismo pueblo y mui cerca de las posiciones enemigas, principió a colocarse, siguiendo la dirección de las tapias de los potreros, a las 8 A.M. A las 2 P.M. se encontraban en su puesto todos los cuerpos que la componían, con excepción del Regimiento Aconcagua, que iba llegando, y del Batallón Búlnes, que estaba de servicio en Chorrillos.

A las 11 principié a recorrer el campo, después de dar colocación a la 1ª División orden de colocarse a la derecha de la 3ª.

Mientras practicaba aquel reconocimiento, pude ver que reinaba gran actividad en el campamento de los enemigos. Sus batallones se movían en todos sentidos; llegaban de Lima trenes con tropa, todo, en una palabra, anunciaba que allá se preparaban para un próximo combate. Los jefes de los cuerpos que habían recibido la orden de no hacer fuego, me hacían preguntar sino seria conveniente ya impedir aquellas maniobras. El Comandante General de Artillería, especialmente, teniendo sus cañones abocados a los caminos por donde llegaban gruesas columnas de infantería, me prometia despedazarlas en un instante si le permitia hacer fuego. El permiso, como era natural, le fue negado, i todo lo que me permití hacer, en previsión de cualquiera eventualidad, fue repetir mis órdenes para que las tropas que venían de Chorrillos apresurasen su marcha.

Siguiendo mi reconocimiento, acompañado del Jefe de Estado Mayor General y de nuestros respectivos ayudantes, me adelanté al frente de nuestra línea y hasta mui cerca de la enemiga. Cuando hube estudiado el campo como lo deseaba, me puse en marcha para regresar. Inmediatamente se hizo sobre nosotros y a cortísima distancia, por tropas emboscadas, una descarga cerrada de fusilería. Y como si esta hubiese sido una señal convenida, toda la línea rompió sus fuegos sobre nuestras tropas que descansaban desprevenidas, preparando unas su rancho, proveyéndose otras de agua, buscando algunas sus respectivas colocaciones.

Fue aquél un momento verdaderamente crítico y que sometió a ruda prueba el valor de nuestros oficiales y la disciplina de la tropa. Esta tuvo que organizarse bajo un fuego nutrido y mortífero, mientras que los jefes y oficiales, con toda serenidad, restablecian el orden perturbado por la brusquedad de un ataque tan inesperado. Me bastará decir a V.S., como el mejor elogio de la tropa y de sus jefes, que hubo regimientos, como el Santiago y el Coquimbo, que en aquellos momentos hicieron su despliegue en batalla de un modo irreprochable, y que casi todos, respetando fielmente la consigna, o no contestaron a los fuegos del enemigo, o, si lo hicieron en el primer momento, los apagaron apenas hice tocar alto al fuego, hasta recibir nuevas órdenes.

Sin embargo, el enemigo que, sin duda, buscó el éxito en una sorpresa desleal, atacaba con gran brío, llegando hasta salir de sus reductos para sacar el mejor partido de nuestras primeras e inevitables vacilaciones. Esto obligó a la 3ª División a entrar resueltamente en la lucha para impedir el avance de las tropas peruanas.

Momentos después de rotos los fuegos, nuestra escuadra principió a cañonear las posiciones fuertes mas cercanas a la costa con excelentes punterías. Por esto, y también porque nuestra ala derecha estaba indefensa, el enemigo, retirándose de la costa, cargó sus fuerzas sobre el punto débil, procurando envolver a la 3ª División por medio de un flanqueo atrevido.

Mas, como he dicho mas arriba, la 1ª División había recibido con anterioridad la orden de venir a situarse a la derecha de la 3ª. Reiterada esa orden al iniciarse el combate, la División del coronel Lynch llegó en el momento preciso para proteger a la del coronel Lagos que se batía denodadamente contra fuerzas enormemente superiores, manteniendo sin ceder un palmo de terreno las posiciones que ocupaba desde un principio. Puedo, por lo mismo, asegurar que esa resistencia tenaz e inquebrantable de la 3ª Division en los momentos mas críticos, fue la que decidió del éxito de la batalla.

El primer cuerpo que entró al fuego en protección de nuestra derecha fue el 2º de línea, siguiéndolo los regimientos Chacabuco, 4º y Coquimbo. Sin embargo, el enemigo, corriéndose siempre hacia la derecha, insistía en flanquearnos, apoyado por algunas fuerzas de caballería. Viendo esto, dispuse que el Regimiento de Carabineros de Yungai, cuyo comandante me pedía órdenes en ese momento, cargase inmediatamente. Así lo hizo con toda prontitud; y aunque la escasa caballería enemiga esquivó el combate y la carga de los Carabineros fue detenida por las tapias que cruzan el valle en todos sentidos, aquella maniobra dio por resultado que el enemigo se detuviera y desistiese de su propósito de envolvernos.

Desde ese momento las ventajas principiaron a estar por nuestra parte. La 3ª División comenzó a avanzar, desalojó a las tropas peruanas de las posiciones que ocupaba detrás de tapias aspilleradas, en seguida de los reductos foseados y con parapetos sólidamente construidos que tenia a retaguardia y, flanqueándolas por su derecha, se apoderó del pueblo de Miraflores, arrojando los batallones enemigos hacia el Oriente. Allí caían bajo los fuegos de las tropas de la 1ª División; y, como mas a nuestra derecha se hallaba aun la Brigada del coronel Barbosa, de la 2ª, colocada allí espresamente por orden que dí con anterioridad, conocieron que todo estaba perdido y emprendieron apresuradamente la retirada hacia Lima en completa dispersión y en abierta derrota.

Debo también agregar que, durante toda la acción, nuestra infantería estuvo vigorosamente apoyada por la artillería que hacia fuego hasta a 400 metros de distancia de las líneas contrarias y en posiciones tan peligrosas que hubo un momento en que fue necesario retirar las piezas de campaña mas a retaguardia para evitar la posibilidad de un fracaso.

Nuestra victoria era innegable y decisiva a las 5.30 P.M. La persecución al enemigo siguió activamente hasta que las sombras de la noche vinieron en su auxilio. Entonces dí la orden de ponerle término y de acampar en la pampa de Miraflores.

El 16 por la mañana, recién pudo verse cuán decisiva había sido esta segunda victoria de nuestras armas i también cuánto nos había costado adquirirla.

En la misma noche del 15 creí necesario dirigir al señor Decano del Cuerpo Diplomático de Lima la nota que adjunto en copia bajo el número 1, para anunciarle que la ruptura desleal del armisticio pactado en la mañana me desligaba del compromiso contraído en favor de la capital y me devolvía toda mi libertad de acción para proceder rigorosamente contra ella.

Antes de que mi comunicación llegara a su destino, se me pidió, a nombre del mismo Cuerpo Diplomático, una nueva entrevista, que concedí para las 12 M. del 16.

Presentáronse a esa hora en mi campamento los señores ministros de Francia e Inglaterra, los almirantes de las mismas naciones y el señor Comandante de la estación naval italiana, acompañando al alcalde municipal de Lima, señor don Rufino Torrico, quien, por ausencia de las autoridades políticas y militares de la capital y competentemente autorizado, iba a pactar la entrega de la ciudad. Sobre este punto se levantó el acta que acompaño a V.S. en copia con el número 2. El mismo señor Torrico se comprometió a interponer sus influencias personales cerca de la autoridad militar del Callao para obtener que evitase mayor derramamiento de sangre, desistiendo de hacer una resistencia inútil, y convino en que me comunicaría el resultado de sus gestiones el 17 antes de las 2 P.M.

Antes de esa hora recibí la comunicación que va en copia con el número 3, la que me obligó a disponer que una division de las tres armas al mando del General de Brigada don Cornelio Saavedra ocupase, cuanto antes, la ciudad de Lima para poner un freno a los excesos de la turba y de los dispersos peruanos amotinados y salvar las vidas y propiedades de sus habitantes.

De esta manera tomamos posesión de Lima en la tarde del 17. En la mañana del 18 se dirigió al Callao el coronel Lynch con su División y lo ocupó también pacíficamente.

Así terminó, señor Ministro, esta campaña cuyos principales sucesos dejo narrados aquí, prescindiendo de los minuciosos detalles que V.S. encontrará consignados en los partes especiales de los jefes.

No es fácil apreciar todavía el esfuerzo y virilidad que ha debido desplegar el ejército de mi mando para consumar esta obra. En mas de seis meses de preparación, el Gobierno del Perú, poderosamente auxiliado por la Nación entera, acumuló en torno de su capital y para su defensa todos los elementos necesarios para una resistencia tenaz, desesperada y suprema. Reunió un ejército numeroso, lo proveyó de armas escogidas, lo disciplinó y logró inculcarle el sentimiento de los grandes deberes que impone la patria cuando está sometida a la prueba de la desgracia. Rodeó a Lima con un doble cordón de fortalezas, aprovechando las defensas naturales del suelo y utilizando todos los inventos del arte de la guerra. Artilló todas las alturas, y  puso sus cañones y sus soldados al abrigo de sólidos parapetos. En los pasos que los cerros dejaban abrió fosos y construyó trincheras. Sembró todos los caminos, todos los pasos accesibles, todos los lugares próximos a las aguadas, todas las posiciones que pudieran servir al enemigo, de minas automáticas que en ninguna parte permitían asentar los pies con seguridad. En una palabra, rodeó a Lima de fortificaciones formidables y logró inspirarle fe en la victoria, duplicando de ese modo las fuerzas de su ejército.

Basta, pues, conocer los elementos con que contaba para su defensa la capital del Perú, para estimar debidamente la grandeza del resultado obtenido. Y hay aun que tener en cuenta que las posiciones de Chorrillos y los reductos de Miraflores han sido tomados por un ejército inferior al enemigo en número, después de marchas fatigosas y de dos batallas sucesivas, sin tener tropas de refresco que presentar en el segundo combate.

Apunto las dificultades de la empresa realizada por el ejército de mi mando, solamente para que el país sepa cuánta gratitud debe a sus defensores.

El éxito ha sido completo. Del gran ejército enemigo no quedaron organizados, después de Miraflores, mas de 3,000 hombres, y éstos se dispersaron, habiendo rendido previamente sus armas. Por consiguiente, ese ejército desapareció no sin haber sufrido mas de 12,000 bajas.

En nuestro poder dejó un inmenso material de guerra. Nos hemos apoderado de 222 cañones; en el Callao de 57, desde el calibre de a 1,000 hasta el de 250; en los dos campos de batalla, de 41, desde el calibre de 600 hasta el de 32; y de 124 piezas de campaña y de montaña, comprendidas en éstas 19 ametralladoras. Tenemos también  recogidos hasta la fecha cerca de 15,000 rifles de diversos sistemas, mas de 4.000,000 de tiros y una buena cantidad de pólvora y de dinamita. Agregaré a esto que el poder naval del Perú ha desaparecido tan completamente, que no le queda ya en el mar ni el mas pequeño falucho.

Este resultado se ha obtenido a costa de grandes sacrificios. Nuestras bajas en ambas batallas ascienden a 5,443 siendo de éstos 1,299 muertos y 4,144 heridos.

Entre los primeros figuran el coronel don Juan Martínez, cuyo nombre queda asociado a todas las glorias militares de esta campaña, en la que figuró con tanto brillo desde la primera hora; el comandante del Regimiento de Granaderos a caballo don Tomás Yávar, que cayó cargando a la cabeza de su cuerpo; el comandante del Regimiento Valparaiso, don José Maria Marchant, que quedó al pié de una trinchera enemiga; los segundos jefes de los regimientos Chacabuco y Talca, don Belisario Zañartu y don Carlos Silva Renard, que se batieron y murieron como bravos; el teniente coronel don Roberto Souper, que halló en el campo del honor el término de su larga y noble vida; el mayor Jimenez del Chillan y el capitán Flores de la Artillería, que fue siempre infatigable en el servicio y sucumbió noblemente al pié de sus cañones.

De entre los heridos, mencionaré solamente, ya que no es posible consignar aquí los nombres de todos, al coronel don Domingo de Toro Herrera, que se ha distinguido por su entusiasmo durante toda la campaña y por su valor en las jornadas mas rudas de esta guerra; al teniente coronel don Francisco Barceló, modelo de jefes por su pundonor y bravura; al comandante del Santiago, don Demófilo Fuenzalida, quien, herido en medio de la batalla, no se separó de su cuerpo hasta después de la victoria; al comandante del Curicó, don Joaquin Cortés; a los tres jefes del Regimiento Coquimbo, tenientes coroneles Soto y Pinto Agüero i sargento mayor don Luis Larraín Alcalde, merecedores los tres de la gloria que va unida a sus nombres; al bravo mayor del Caupolican, don Ramón Dardignac, y a todos los que figuran como merecedores de aplauso en los partes especiales de los jefes.

Los señores jefes de division, General Sotomayor y coroneles Lynch y Lagos, los de brigada, coroneles Gana, Amunátegui,Barbosa y Urriola; los comandantes generales de artillería y caballería, y en general, todos los jefes se han distinguido por su empeño en hacer mas de lo que el deber les ordenaba. Pero hay algunos a quienes debo mencionar mas especialmente, porque les cupo en suerte realizar una parte mas importante de la tarea común y en condiciones que realzan su obra.

El coronel don Patricio Lynch, que ya principió a distinguirse por aquella marcha felicísima de Pisco a Lurin, dirigida con tanta prudencia y tanta energía, fué quien venció en Chorrillos con su División mayores dificultades naturales i a mayor número de enemigos. Y si sus tropas hicieron prodigios de valor, ello se debió en mucha parte a los ejemplos de arrojo y serenidad que les dió constantemente su Jefe superior. A su lado, secundándolo con valor e inteligencia notables, estuvo el coronel don Gregorio Urrutia, Jefe del Estado Mayor de la División. De esta División y en la misma batalla de Chorrillos se distinguieron particularmente los regimientos 4º y 2º de línea, el Chacabuco, el Talca, que recibió su bautismo de fuego de un modo heroico, i el Atacama. En la batalla de Miraflores, donde el coronel Amunátegui se batió bizarramente con su Brigada, se hicieron notar por su denuedo esos mismos cuerpos y, ademas, el Regimiento Coquimbo y el Batallon Quillota. Por eso creo justo consignar aquí los nombres de los siguientes jefes: don Estanislao del Canto del 2º de línea, don Luis Solo Zaldívar del 4º, don Silvestre Urízar Gárfias del Talca, don Diego Dublé Almeida del Atacama y don J.Ramon Echeverría del Quillota.

La 2ª División, a cuya cabeza se batió denodadamente el General Sotomayor, tuvo una parte mui principal en la victoria de Chorrillos. El coronel don Orozimbo Barbosa, que estuvo allí, como ha estado en todas partes, a la altura de la reputación que se conquistó desde un principio, merece en justicia la recomendación que de él hago aquí, lo mismo que el valiente coronel don José Francisco Gana, cuya conducta fue superior a todo elogio. Merecen por su bravura y disciplina una mención especial el Regimiento Buin 1º de línea y su valiente y pundonoroso jefe don Juan Leon García. La merece igualmente el Regimiento movilizado Esmeralda, que se batió denodadamente en San Juan y en el pueblo de Chorrillos, que tomó contra fuerzas muy superiores, llevando siempre a su cabeza al teniente coronel don Adolfo Holley, su intrépido jefe.

He dicho ya a V.S. que en la batalla de Miraflores la mas comprometida fué la 3ª División y que a ella principalmente se debió la victoria de ese día. Con esto solo creo haber hecho el mejor elogio de su jefe, coronel don Pedro Lagos, que ha prestado en esta campaña servicios eminentes a su país. Distinguiéronse en esa acción por su valor y serenidad el coronel don Martiniano Urriola y los comandantes don Francisco Barceló y Demófilo Fuenzalida, y, entre los cuerpos que tomaron parte, el Regimiento Santiago y el batallón Naval.

La reserva, a las órdenes de su valeroso jefe el teniente coronel don Arístides Martinez, combatió bizarramente en Chorrillos y en Miraflores. El 3º de línea, Zapadores y el Valparaiso compitieron en denuedo y entusiasmo. De los jefes de esos cuerpos uno quedó en el campo; otro, el valiente comandante Zilleruelo, recibió gravísimas heridas, y solamente el comandante Gutierrez, del 3º, no pagó con su sangre la gloria adquirida en los dos combates.

La artillería, colocada en brillante pié, merced a los inteligentes y asiduos cuidados de su Comandante General, coronel don José Velasquez, ha correspondido en estas dos acciones a todas las esperanzas fundadas en ella y a los sacrificios que cuesta al país su mantenimiento. Estuvo en ambas en los puestos de mayor peligro, preparando con sus fuegos el avance y la victoria de nuestras tropas de infantería. El coronel Velasquez la dirijia con la serenidad intelijente que le distingue, teniendo por dignos ausiliares a los dos jefes de los regimientos, tenientes coroneles don José Manuel Novoa y don Carlos Wood, a quienes también recomiendo con toda justicia.

En la caballería, tanto su Comandante General, teniente coronel don Emeterio Letelier, como los jefes de los regimientos y sus oficiales, cumplieron noblemente con sus deberes. Distinguióse, no obstante, el teniente coronel don Manuel Búlnes en la valiente carga de Chorrillos, donde Carabineros y Granaderos despedazaron gruesos pelotones de infantería enemiga. Los Cazadores se encontraron en Chorrillos en nuestra ala derecha y en Miraflores con la Brigada Barbosa a nuestra izquierda.

No necesito decir a V.S. que en toda esta campaña he contado con la colaboración del Jefe de Estado Mayor General, General don Márcos Maturana, y con el concurso que me han prestado el señor Ministro de la Guerra, coronel don José Francisco Vergara, y el General de Brigada don Cornelio Saavedra.

A mi lado han estado también constantemente los señores don Eulojio Altamirano, don Joaquin Godoi, don Vicente Dávila Larraín, quien por tres veces fue portador de mis órdenes en el campo de batalla, en momentos en que mis ayudantes estaban todos ocupados, y mi secretario general, don Máximo R. Lira, que ha hecho toda esta campaña, desempeñando satisfactoriamente elevados cargos y que ha prestado sus servicios en un puesto de mucha labor, de confianza y de responsabilidad, desde Mayo de 1880, habiéndose encontrado, por consiguiente, en la batalla de Tacna, donde me prestó su concurso hasta como ayudante, en la batalla de Arica y en las de Chorrillos y Miraflores.

Don Daniel Caldera, ayudante de la Secretaría General, me acompañó también a estas dos últimas acciones, y lo recomiendo a V.S. por sus buenos y constantes servicios.

Mis ayudantes de campo, coronel don Samuel Valdivieso, teniente coronel don Jorge Wood, don Rosauro Gatica y don Wenceslao Búlnes; sargentos mayores don Cárlos Valenzuela, don Alejandro Baquedano, don Belisario Campo y don Francisco Arístides Pinto; capitán don Domingo Sarratea y teniente don José Santos Jara, han desempeñado satisfactoriamente sus deberes de tales, trasmitiendo mis órdenes con toda presteza y exactitud, por grandes que fueran los peligros a que se exponian con ello. Debo hacer una mencion especial del comandante don Wenceslao Búlnes, que tuvo la parte mas difícil de esas comisiones, de los tenientes coroneles don Jorge Wood y don Rosauro Gatica, y de los sargentos mayores don Carlos Valenzuela, don Belisario Campo y don Alejandro Baquedano; siendo justo comprender en ella al ayudante del señor General Saavedra, teniente coronel Bunster, y a los ayudantes del señor Ministro de la Guerra.

Aunque en el parte del Jefe del Estado Mayor General tendrán cabida las recomendaciones a que se hayan hecho acreedores sus ayudantes, creo justo dejar constancia aquí de los buenos servicios que han prestado el teniente coronel don Waldo Diaz, jefe sereno e intelijente; el mayor don Florentino Pantoja, a quien encomendé muchos de los reconocimientos hechos antes del 13 de Enero y la conduccion y colocación de la vanguardia el día de la marcha, comisiones que desempeñó cumplidamente; el sargento Mayor don Francisco Villagran y el capitán don Santiago Herrera, a quienes ví constantemente en acción y especialmente en los momentos mas difíciles.

No terminaré sin decir a V.S. que estoy satisfecho de la manera como han estado atendidos los servicios religioso, de la Intendencia General, de las ambulancias y de la conducción de bagajes.

Debo todavía un especial testimonio de gratitud al señor Contra-Almirante, Comandante en Jefe de la escuadra, don Galvarino Riveros, por la benévola deferencia con que siempre me prestó su concurso. La marina nacional, que abrió la serie de nuestros triunfos con hazañas inmortales que nos dieron la tranquila posesión del Pacífico, ha seguido ayudando al ejército de tierra en los desembarques y, cuando ha sido posible, en las batallas, con un entusiasmo y valor digno de todo elogio. En esa comunidad de esfuerzos y sacrificios se han robustecido los lazos de la antigua union de los marinos y de los soldados de Chile, y esta confraternidad será en adelante, como ha sido en esta campaña, garantía de éxito en la defensa de la honra nacional.

Concluyo aquí, señor Ministro, renovando las felicitaciones que envié al país por conducto del Supremo Gobierno en nombre del ejército que tengo la honra de mandar, por el feliz éxito de una empresa que pareció colosal cuando contábamos nuestros escasos recursos, y que se ha realizado, sin embargo, con una fortuna digna de la vitalidad de la Nación, del valor de sus soldados, de la energía de sus gobernantes y de la perseverancia común en el propósito de llegar a toda costa al término natural de la jornada.

Dios guarde a V.S.
MANUEL BAQUEDANO

Al señor Ministro de la Guerra.
********************
Saludos 
Jonatan Saona

1 comentario :

ws2falcon dijo...

Baquedano escribe su reporte con la satisfacción de haber derrotado completamente a dos ejércitos en dos batallas distintas. La caída de Lima fué un desastre mayor.

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